Era una noche fresca para La Habana, con la temperatura cayendo cerca de los 20 grados, y el diplomático y su familia se estaban sintiendo muy bien con su misión en Cuba. Estaban todavía asentándose en su nuevo hogar, una casa cómoda de estilo español en el recinto frondoso que se había llamado el Country Club antes de que las familias adineradas lo abandonaran en los primeros años de la Revolución. “Estábamos verdaderamente encantados de estar allí”, recordó el diplomático. “La música, el ron, los puros, la gente — y un momento muy importante para la diplomacia”.

Ocho meses antes, en marzo de 2016, Presidente Obama había aterrizado a lo grande en la ciudad para conmemorar el acercamiento histórico de los dos países, prometiendo que iba a enterrar “el último vestigio de la Guerra Fría en las Américas”. Ahora, semanas después de la elección de Donald Trump, ese acuerdo estaba repentinamente en duda. Fidel Castro acababa de morir, abriendo un nuevo capítulo en la saga cubana. El diplomático no podía haber imaginado un momento más fascinante para llegar.

Mientras el sol se deslizaba sobre el estrecho de la Florida aquella tarde de finales de noviembre, el diplomático abrió las puertas del salón que daba al nuevo jardín tropical de la familia. El aire cálido de la noche invadió el salón, acompañado por un estruendo casi abrumador. “Era molesto hasta el punto que tenías que entrar en la casa y cerrar todas las puertas y ventanas y encender la tele”, recordó el diplomático. “Pero no me preocupé mucho del asunto. Pensé, “Estoy en un país extraño, y los insectos aquí hacen ruidos fuertes”.

Unas noches más tarde, el diplomático y su esposa invitaron a la familia de otro funcionario de la embajada americana que vivía al lado. Al atardecer, mientras charlaban en el patio, el mismo ruido ensordecedor se levantó otra vez en el jardín.

“Estoy bastante seguro que son cigarras”, dijo el primer diplomático.

“Esas no son cigarras”, insistió su vecino. “Las cigarras no suenan así. Es un sonido demasiado mecánico”.

Uno de los diplomáticos americanos afectados por los incidentes de salud supuestamente vivió en esta casa en La Habana. (Por cortesía de NBC News)

El colega había estado escuchando los mismos ruidos en su casa, a veces durante un periodo de una hora o más. Después de que se quejó en la oficina de vivienda de la embajada, dos trabajadores de mantenimiento cubanos fueron enviados a dar una ojeada. Buscaron si había algún tipo de desperfecto eléctrico e inspeccionaron el jardín para ver si había insectos raros, pero se fueron sin encontrar nada fuera de lugar. En febrero, el estruendo nocturno empezó a disminuir. Después se fue del todo.

No fue hasta un viernes a finales de marzo cuando el diplomático se dio cuenta de que podría estar enfrentándose a algo más peligroso que unos insectos. En el trabajo aquel día, un compañero de la embajada con quien tenía amistad le llevó a un lado y le dijo que se iba de Cuba enseguida. Un hombre de aspecto atlético en la treintena, el compañero dijo que acababa de estar en Miami, donde especialistas médicos habían diagnosticado que estaba teniendo una serie de problemas incluyendo una severa pérdida de audición. A finales de diciembre, dijo, había sido golpeado por un fenómeno extraño e inquietante — un rayo poderoso de sonido agudo que parecía estar apuntado directamente hacia él. El lunes siguiente, este amigo del diplomático le hizo escuchar una grabación del ruido: sonaba muy parecido a lo que el diplomático había escuchado en su jardín.

El diplomático, quien habló de su experiencia bajo el acuerdo de que no se revelara su nombre, dijo que él y su mujer no habían sentido ningún indicio de enfermedad o lesión. Pero en pocos días, ellos, también, estarían de camino a Miami para ser examinados por especialistas médicos. Con otros 22 americanos y ocho canadienses, serían diagnosticados con una amplia gama de síntomas parecidos a los de una conmoción cerebral, desde dolores de cabeza y nausea a pérdida de audición. Se encontrarían arrastrados también por una disputa internacional extraordinaria, una que la Administración Trump usaría para bruscamente revertir el curso de las relaciones de Estados Unidos con Cuba.

Incluso en un mundo donde abundan los secretos, los incidentes de La Habana son un misterio singular. Después de casi un año de una investigación que se ha apoyado en las capacidades de inteligencia, defensa y tecnología de múltiples agencias del gobierno estadounidense, el FBI no ha podido determinar quién podría haber atacado a los diplomáticos ni cómo. La agencia tampoco ha excluido la posibilidad de que al menos algunos de los americanos no fueron atacados en absoluto. Oficiales que han recibido informes sobre la investigación dicen que se ha hecho llamativamente poco progreso en contestar las preguntas básicas del caso, con agentes frustrados del FBI advirtiendo que se les acaban las piedras debajo de las que mirar.

Esas frustraciones han enturbiado la comunidad de seguridad nacional de Estados Unidos, fomentado divisiones crecientes entre el FBI y la CIA. A principios de enero, después de más de ocho meses de análisis, el servicio de investigación descartó su hipótesis inicial de que los americanos fueron el blanco de algún tipo de aparato sónico. Esta conclusión dejó al FBI sin un arma, un sospecho o un móvil, y luchando a duras penas para detectar otras formas en que los diplomáticos podían haberse enfermado. Oficiales de inteligencia, sin embargo, han seguido subrayando un patrón que ven como cualquier cosa menos coincidencia: los primeros cuatro americanos que dijeron ser golpeados por el fenómeno — incluido el hombre atlético en sus treinta — eran todos oficiales de la CIA trabajando bajo cobertura diplomática. También lo eran dos oficiales que fueron afectados más tarde. La CIA y otras agencias de defensa e inteligencia todavía no se han puesto de acuerdo con la conclusión del FBI sobre la tecnología sónica.

Más ampliamente, el problema cubano también ha ocasionado preguntas dentro del aparato de seguridad nacional sobre la manera en que la administración Trump está usando información de inteligencia para guiar su política internacional. En una época en que la Casa Blanca ha prometido actuar de forma más contundente contra el programa nuclear de Corea del Norte, Irán y otras amenazas, algunos oficiales ven el problema cubano como otra lección más sobre los peligros de usar los datos de inteligencia selectivamente para avanzar fines políticos. “Trump llegó al cargo oponiéndose a mejores relaciones con Cuba”, dijo un oficial de seguridad nacional que, como otros, solo habló del caso bajo la condición de que su nombre no fuera revelado. “La administración se adelantó a las evidencias y a los datos de inteligencia”.

Una investigación realizada por ProPublica del caso, basada en entrevistas con más de tres docenas de funcionarios estadounidenses y extranjeros y una revisión de documentos gubernamentales confidenciales, representa la primera crónica detallada y pública de cómo se desarrollaron los incidentes en Cuba. Aunque el Departamento de Estado generalmente ha enfatizado en las similitudes entre los expedientes médicos de los 24 americanos afectados, los oficiales y documentos consultados para este reportaje indican que la seriedad de los síntomas de los pacientes variaba mucho. Las experiencias que precipitaron sus enfermedades también fueron bastante diferentes, según los oficiales, y las experiencias y los síntomas de los ocho canadienses fueron notablemente diferentes de las de los estadounidenses.

Muchos oficiales de Estados Unidos que han tratado el problema de cerca — incluidos algunos quienes aseveraron que ha sido distorsionado con fines políticos — dicen que siguen convencidos de que al menos algunos de los americanos fueron deliberadamente elegidos como blancos por un enemigo sofisticado. Especialistas médicos que revisaron los expedientes de los 24 pacientes americanos el verano pasado concluyeron que, aunque sus síntomas podían tener muchas causas, estaban “más probablemente relacionados al trauma de una fuente no-natural”, dijo el director médico del Departamento de Estado, Dr. Charles Rosenfarb. “Ninguna causa ha sido excluida”, añadió. “Pero los hallazgos sugieren que esto no fue un episodio de histeria colectiva”.

Sin embargo, parece que el secretismo, la psicología y la política pueden haber jugado una parte en la forma en que el fenómeno se expandió entre el personal de las dos embajadas en La Habana. Funcionarios de la administración han sido reacios a hablar de los factores psicológicos en el caso, en parte porque temen ofender o antagonizar a los diplomáticos afectados (muchos de los cuales ya se sienten maltratados por la dirigencia del Departamento de Estado.) Pero mientras se ha profundizado el misterio, los investigadores americanos han empezado a mirar más de cerca al mundo insular y de alta presión de la embajada de La Habana, y han descubierto un cuadro que es mucho más complejo de lo que la retórica y los titulares han sugerido.

A pesar de las muchas preguntas sin respuestas, funcionarios de la administración Trump han agresivamente culpado al gobierno de Raúl Castro de no proteger a los diplomáticos, si no de haberles directamente atacado. A principios del otoño pasado, el Departamento de Estado retiró más de la mitad del personal diplomático destinado en La Habana, mientras ordenaba a un número proporcional de cubanos que se fueran de Washington. El departamento también advirtió a los ciudadanos estadounidenses que podían estar “en riesgo” de un ataque si visitaban la isla. “Yo todavía creo que el gobierno cubano, alguien dentro del gobierno cubano, puede poner un fin a esto”, dijo el Secretario de Estado Rex Tillerson el mes pasado.

Lo que escucharon los diplomáticos

Vía la cuenta YouTube de Associated Press

Tales aseveraciones han indignado al liderazgo cubano. Desde los primeros meses del año pasado, Castro y sus asesores de alto nivel han insistido que no tuvieron nada que ver con los incidentes y que ayudarían de cualquier formar posible a investigarlos y frenarlos. El equipo del FBI no ha encontrado pruebas concretas de complicidad cubana en los incidentes, y ha enfatizado en privado la cooperación del gobierno con los investigadores americanos, dijeron oficiales. A pesar de las declaraciones de Tillerson, algunos funcionarios del Departamento de Estado también han dicho privadamente a miembros del Congreso que los desmentidos de los cubanos han sido evaluados como creíbles, según oficiales. “Ellos creen que el gobierno cubano quiere mejores relaciones con los Estados Unidos”, dijo un asesor del Senado.

El otro sospechoso obvio ha sido Rusia, que los analistas de inteligencia han considerado que podía tener tanto un posible móvil como los medios posibles para llevar a cabo ataques de este tipo. El gobierno de Putin ha hostigado rutinariamente a diplomáticos estadounidenses en Moscú y a veces en el extranjero; durante la Administración Obama, parecía decidido a socavar la política extranjera americana alrededor del mundo. Rusia también tiene la capacidad para desarrollar armas nuevas y sofisticadas y una alianza de seguridad de larga data con Cuba. Pero los investigadores no han encontrado ni siquiera evidencias circunstanciales de una mano rusa en los incidentes, dijeron los oficiales, y algunos analistas dudan que Rusia quisiera poner en peligro su relación con Cuba socavando tan descaradamente un objetivo clave de la política extranjera cubana.

Mientras persiste el misterio, la política estadounidense hacia Cuba cuelga de un hilo. Con la salida de Castro de la presidencia agendada para abril, solo un equipo mínimo de personal representa a Washington en La Habana en un momento potencialmente crítico de transición. Los viajes y los negocios de americanos en la isla han caído bruscamente en meses recientes, y el proceso de tramitación de visados para cubanos que quieren emigrar a Estados Unidos ha caído en picado, provocando preguntas sobre el destino de un acuerdo de migración de larga data entre los dos países. La administración Trump puede haber también limitado sus opciones: el 4 de marzo, el Departamento de Estado se enfrentará a una fecha límite en la cual tiene que mandar a sus diplomáticos de vuelta a La Habana o posiblemente hacer reducciones permanentes del personal. Pero el Secretario de Estado, quien según se informa hizo la decisión de retirar a los diplomáticos, no ha mostrado ninguna señal de reconsiderar su postura.

“¿No sabemos cómo proteger la gente contra esto, así que porqué haría semejante cosa?” dijo Tillerson a Associated Press cuando fue preguntado acerca de mandar diplomáticos de vuelta a Cuba. “Voy a resistir a cualquiera que quiera forzarme a hacer esto hasta que esté convencido que no estoy poniendo a la gente en peligro”.

El Presidente cubano Raúl Castro habla con el Vicepresidente Miguel Diaz-Canel durante la sesión parlamentaria al final del año en La Habana el 21 de diciembre, 2017. (Jaime Blez/AFP/Getty Images)

En el fuego cruzado de acusaciones, se podría perdonar a los cubanos de la calle por preguntarse si han sido transportados hacia atrás en el tiempo. Mientras el país se prepara para ser liderado por primera vez en casi 60 años por alguien que no se apellida Castro, un cambio tectónico que podría afectar profundamente la forma en que es gobernado, la retórica de guerra fría ha vuelto a llenar el aire. El líder comunista de próxima generación que se cree que sucederá a Raúl Castro, el Vice Presidente Miguel Díaz-Canel, 56, está entre los que advierten de otro complot imperialista más contra La Habana. Son “cuentos de hadas increíbles sin prueba alguna”, dijo de las afirmaciones de la administración Trump, “con la intención perversa de desacreditar la conducta impecable de Cuba”.


Lugares claves en los incidentes de La Habana

Los primeros tres diplomáticos que reportaron haber sufrido lo que pensaban que eran “ataques sónicos” en noviembre y diciembre de 2016 vivían en los barrios de lujo de las afueras occidentales de La Habana. Dos incidentes sucedieron el siguiente abril en el Hotel Capri, cerca del centro de la ciudad.

Hannah Birch/ProPublica

Los dos primeros incidentes ocurrieron alrededor del fin de semana de Acción de Gracias de 2016, fecha que coincidió con la muerte de Fidel Castro el 25 de noviembre. Durante los nueve días de luto nacional que siguieron, ninguno de los dos oficiales estadounidenses informó a los mandos de la embajada lo que habían experimentado. Pero los dos hombres, oficiales de inteligencia con cobertura diplomática, dirían más tarde que escucharon ruidos agudos y desorientadores en sus casas durante la noche. Al menos uno de ellos diría después a los investigadores que el ruido había parecido extrañamente enfocado, según oficiales. Si uno se movía a un lado o a otra habitación, parecía casi desaparecer.

Si las historias parecían de ciencia ficción, la estación de la CIA en La Habana y altos funcionarios de la embajada sospecharon rápidamente que se trataba de algo más mundano. Desde que Estados Unidos y Cuba reestablecieron relaciones diplomáticas limitadas en 1977, reabriendo sus embajadas como “secciones de interés” en sendas capitales, los cubanos mantenían una vigilancia constante, muchas veces agresiva, de los diplomáticos americanos en La Habana. Los diplomáticos podían volver a casa y encontrar una ventana abierta, o un televisor encendido (muchas veces en los programas de noticias gubernamentales), o sus pertenencias sutilmente pero de una forma obvia reorganizadas. Alguna parte del juego — incluidas acciones más provocadoras como embadurnar las manijas de las puertas de los autos de los diplomáticos con heces de perro — era considerada casi rutinaria. También hubo reciprocidad por los agentes estadounidenses que hacían seguimientos a diplomáticos cubanos en Washington.

Durante periodos de especial tensión con Washington, los cubanos a veces iban más lejos. Sobre el principio y la mitad de la década de los noventa, los diplomáticos americanos que se reunían con disidentes cubanos o de otra forma irritaban al gobierno, ocasionalmente al regresar de reuniones se encontraban los neumáticos de sus autos pinchados. A mediados de los 2000, mientras la administración Bush abiertamente implementaba programas para socavar el régimen de Castro, el hostigamiento cubano a los 51 diplomáticos americanos basados en la isla entonces oscilaba entre demoras en la entrega de envíos de comida hasta “el envenenamiento de animales domésticos”, según un informe del inspector general del Departamento de Estado escrito en 2007.

Jeffrey DeLaurentis, el diplomático estadounidense de más alto rango en Cuba, da un discurso durante la ceremonia de reapertura del edificio de la embajada de Estados Unidos en La Habana el 14 de abril, 2015. (Adalberto Roque/AFP Photo)

El hombre que lideraba la misión diplomática americana en los últimos meses de 2016, Jeffrey DeLaurentis, conocía bien aquella historia de hostigamiento, según oficiales. Un diplomático de carrera medido y lacónico con un aire de curtida paciencia, DeLaurentis había tomado el mando como chargé d’affaires en el verano de 2014, llevando consigo más experiencia en Cuba que quizás cualquier oficial de alto rango del gobierno de Estados Unidos. Había tenido puestos anteriores en La Habana tanto como oficial consular como oficial político, con una temporada en medio gestionando asuntos cubanos en el estado mayor del Consejo de Seguridad Nacional. Después de anunciar un plan para normalizar relaciones con Cuba en diciembre de 2014, Obama nominó a DeLaurentis para ser el primer embajador de Washington en La Habana desde 1961, cuando el Presidente Eisenhower cortó relaciones diplomáticas. (Aunque su confirmación fue bloqueada por el senador Marco Rubio de Florida, quien argumentó que Cuba debería demostrar más respeto por los derechos humanos antes de que el puesto fuera cubierto, DeLaurentis se quedó como chargé d’affaires.)

La visita de Obama en marzo 2016 había dejado ambivalentes a los líderes cubanos sobre la mano de amistad que había tendido: Fidel Castro, enfermo y casi con 90 años, se soliviantó en su jubilación para atacar a “las palabras almibaradas” del presidente de Estados Unidos, y a lo que pintó como una petición insidiosa para que los cubanos se olvidaran de la historia oscura de los estadounidenses con la isla. En un congreso del Partido Comunista en aquel abril, Raúl Castro y otros salpicaron su retórica con referencias al “enemigo” del norte. Los diplomáticos también notaron cierta incomodidad palpable entre altos mandos cubanos con la erupción de ostentación capitalista que marcó el aflojamiento de las restricciones comerciales por Estados Unidos — un desfile de moda de Chanel, un concierto gratis de los Rolling Stones, la toma efímera de las calles de La Habana para rodar escenas de una nueva película de “Fast and Furious”.

Pero en los últimos meses de 2016, la hostilidad oficial cubana hacia los diplomáticos americanos en La Habana había descendido al nivel más bajo en 50 años. No se había reportado ningún hostigamiento serio en al menos unos pocos años, oficiales dijeron. La mayoría de los analistas bien informados de Cuba creían que el partido gobernante había forjado un consenso sólido para terminar las hostilidades con Estados Unidos. A pesar de la última y airada diatriba de Fidel Castro, oficiales estadounidenses dijeron a ProPublica que él había sido consultado sobre el acercamiento y había dado su aprobación.

Aunque los funcionarios cubanos fueron notablemente lentos para hacer avanzar muchas de las propuestas americanas para tratos comerciales que llegaron a raudales, sí progresaron laboriosamente sobre acuerdos bilaterales de cooperación en seguridad, protección del medio ambiente, servicio de correo directo, y otros temas. “Por supuesto, hay un espectro de preferencias dentro del régimen acerca de la velocidad y profundidad de las reformas”, dijo Fulton Armstrong, un ex analista de alto nivel de la CIA que manejó asuntos cubanos tanto en el estado mayor del Consejo de Seguridad Nacional como en el Consejo de Inteligencia Nacional. “Pero el debate es sobre los ritmos de paso; no hay alternativa a la estrategia de Raúl”.

Barack Obama y Raul Castro asisten a un partido amistoso entre el equipo nacional cubano y el equipo de las ligas mayores americanas los Tampa Bay Devil Rays en el Estadio Latinoamericano el 22 de marzo, 2016 en La Habana, Cuba. (Chip Somodevilla/Getty Images)

La atención de los cubanos se agudizó después del voto presidencial del 8 de noviembre, dijeron oficiales americanos. Aunque Trump había prometido durante su campaña que iba a renegociar el “muy débil acuerdo” de Obama con La Habana, el gobierno de Castro parecía haber descartado la posibilidad de que podía ser elegido. Una vez que Trump fue elegido — y con funcionarios de la administración Obama instando a los cubanos a consolidar las mejoras en la relación — el gobierno cubano se apresuró para concluir trabajos sobre acuerdos pendientes antes de la inauguración del 20 de enero.

Fue durante ese mismo periodo entre la elección y la inauguración que los primeros oficiales de inteligencia estadounidenses fueron golpeados por lo que describieron como ruidos raros. Los hombres vivían en las zonas lujosas de las afueras occidentales de La Habana. Fidel Castro mantenía una casa en uno de esos barrios, Cubanacán, como también lo hacen el vicepresidente Díaz-Canel y otros miembros de la élite más privilegiada de la isla. Las viejas y elegantes mansiones y casas tropicales-suburbanas del enclave también son populares con altos mandos de la diplomacia extranjera y ejecutivos de negocios. Hay relativamente poco tráfico peatonal o automovilístico, y hay una presencia considerable de guardias de seguridad privados además de la policía cubana.

Aunque los dos primeros oficiales dirían después que empezaron a escuchar ruidos extraños en sus casas ya a finales de noviembre, no fue hasta finales de diciembre que el primer oficial solicitó ayuda en la pequeña clínica médica dentro de la embajada. Aquel oficial — el hombre atlético y treintañero — vino con una queja más seria: había desarrollado dolores de cabeza, problemas de audición y sobre todo un dolor agudo en un oído, después de una experiencia extraña durante la cual algo semejante a un foco de sonido parecía haber sido dirigido contra su casa.

El trauma del hombre joven fue reportado a DeLaurentis y al jefe de seguridad diplomática de la embajada, Anthony Spotti, el 30 de diciembre, según funcionarios del Departamento de Estado, y fue seguido por la noticia de que los otros dos oficiales de la CIA habían experimentado algo similar aproximadamente un mes antes. Pero dentro del edificio modernista hecho de cristal y hormigón que es la sede de la cancillería que se levanta sobre el icónico rompeolas de La Habana, el Malecón, tanto los oficiales de inteligencia como los jefes diplomáticos creían que los ruidos eran “solo otra forma de hostigamiento” por parte del gobierno cubano, dijo un oficial. También parecían cuidadosamente dirigidos hacia oficiales de la CIA trabajando bajo cobertura diplomática. Si los agentes del aparato de seguridad del estado cubano no sabían que los hombres eran oficiales de inteligencia, lo habrían sospechado de todas maneras, creían los americanos.

La procesión del funeral de Fidel Castro en Santa Clara, el 1 de diciembre de 2016. Castro murió durante el periodo en que los incidentes misteriosos que afectaron a los diplomáticos de Estados Unidos empezaron. (Tomás Munita, especial para ProPublica)

Se habló de los incidentes discretamente entre los miembros de lo que es conocido como el “equipo de país” de la embajada, un grupo de aproximadamente 15 diplomáticos de rango superior que frecuentemente se reunían a diario para tratar asuntos significativos. Pero, por razones de contrainteligencia, los incidentes permanecieron en secreto para la mayoría del otro personal americano — aproximadamente 32 diplomáticos más y ocho guardias de los Marines — una decisión que fue criticada más tarde por algunos de los que se enfermaron. “Tenemos oficiales de seguridad en cada embajada y nos ponen al día de forma constante”, dijo un diplomático. “A alguien le robaron la cartera, a alguien le entraron en el auto… ¿Y entonces a alguien le atacan con esta arma misteriosa y no nos dicen?”

Hacia mitades de enero, después de que los otros dos oficiales de inteligencia también solicitaran atención médica en la embajada, el asunto empezó a tomar un cariz más ominoso, dijeron varios oficiales. Durante el periodo que los primeros oficiales de inteligencia fueron enviados a Estados Unidos para recibir tratamiento el 6 de febrero, la mujer de otro funcionario de la embajada, que vivían cerca de la costa de La Habana en el barrio de Flores, informó que había escuchado sonidos inquietantes del mismo tipo, dijeron dos oficiales que conocen su versión. La mujer miró afuera y vio una camioneta alejándose rápidamente. El vehículo aparentemente había venido del mismo extremo de la calle en donde estaba una casa que oficiales estadounidenses creían que era usada por el ministerio del interior cubano. Los oficiales reconocieron que el informe era vago e incierto. Aun así, dijeron que también representaba uno de los datos de información circunstancial más importantes que tenían sobre los incidentes.

En La Habana, según dijeron oficiales, altos mandos de la embajada argumentaron a sus contrapartes en Washington que deberían hacer una protesta formal sobre los incidentes al gobierno cubano. Dadas las incertidumbres, otros pensaban que deberían intentar recabar más información antes de asentar semejante queja. Aunque fue un tema de preocupación tanto en el Departamento de Estado como en la CIA, no queda claro si fue planteado al estado mayor del Consejo de Seguridad Nacional antes de que la decisión de protestar fuera tomada (un exfuncionario de la Casa Blanca dijo que no fue planteado.) Oficiales dijeron que el Secretario de Estado Tillerson tampoco fue informado de la situación hasta días después de que el secretario adjunto en funciones para asuntos del Hemisferio Occidental, Francisco Palmieri, finalmente llamó al embajador cubano en Washington, José Ramón Cabañas, para entregarle una nota diplomática de protesta el 17 de febrero.

El gobierno cubano respondió puntualmente. Unos días después, dijeron oficiales, DeLaurentis fue citado a una reunión con Josefina Vidal, la diplomática de alto rango quien había dirigido el equipo cubano que negoció la normalización de relaciones con los Estados Unidos. (DeLaurentis declinó hacer comentarios, refiriendo preguntas sobre los incidentes de La Habana al Departamento de Estado.) Con Vidal estuvieron presentes otros funcionarios del ministerio del interior, que controla el aparato de inteligencia extranjera y seguridad interna. Los funcionarios de seguridad cubanos preguntaron a DeLaurentis acerca de los incidentes, qué habían experimentado los diplomáticos, qué síntomas habían sufrido y qué otras circunstancias podrían esclarecer el episodio, dijeron oficiales.

El 23 de febrero, menos de una semana después de la nota diplomática estadounidense al gobierno cubano, DeLaurentis acompañó a dos senadores americanos que estaban de visita, Richard Shelby de Alabama y Patrick Leahy de Vermont, a ver al Presidente Raúl Castro en el Palacio de la Revolución. Durante la conversación, dijeron oficiales, Castro mencionó que tenía algo para hablar con el chargé, y cuando la reunión había terminado, pidió a DeLaurentis que se quedara. Durante lo que fue descrita por oficiales como una conversación breve pero sustantiva, Castro dejó claro que estaba bien al tanto de los incidentes y comprendía que los americanos los veían como un problema serio. Su respuesta, dijo un oficial del Departamento de Estado, fue “Tendríamos que trabajar juntos para intentar solucionarlo”.

Las reuniones de los americanos con funcionarios diplomáticos y de seguridad cubanos continuaron. Los cubanos dijeron que iban a aumentar la seguridad alrededor de las casas y apartamentos de los diplomáticos americanos, incrementando las patrullas policiales e instalando cámaras de televisión de circuito cerrado en algunas áreas. En una medida más inusual, los cubanos también acordaron permitir a un equipo de investigadores del FBI venir a La Habana a investigar ellos mismos lo que había pasado, basándose en mejoras en la relación entre cuerpos de seguridad que se habían formalizado en un acuerdo bilateral a finales de 2016. (Una portavoz del FBI declinó hacer comentarios sobre los detalles de la investigación.)

Desde el comienzo, sin embargo, oficiales de Estados Unidos fueron ellos mismos reacios a compartir información. Los cubanos pidieron interrogar a los americanos que habían sido identificados como víctimas; el Departamento de Estado se negó. Los cubanos pidieron información médica detallada sobre sus lesiones; el Departamento de Estado objetó, alegando razones de privacidad. “No podías descartar” el posible involucramiento del gobierno cubano en los incidentes, dijo un oficial del departamento. “Cuando estás tratando con un posible culpable, uno tiene cuidado”.

Mientras los primeros tres miembros del personal de la embajada fueron enviados a ser evaluados por especialistas en la Escuela de Medicina Miller de la Universidad de Miami, oficiales en Washington también empezaron a mirar más ampliamente a lo que podía ser la causa de sus síntomas. Inicialmente, oficiales estadounidenses tenían la hipótesis de que el gobierno cubano u otro régimen extranjero – posiblemente con participación cubana –había creado un nuevo tipo de aparato acústico de largo alcance, conocido por las siglas en inglés L-Rad, permitiéndoles de alguna manera enfocar y dirigir poderosas ondas sónicas del tipo que utilizan las agencias policiales para dispersar muchedumbres o los buques de carga para repeler piratas.

Pero la física era misteriosa para expertos dentro y fuera del gobierno. Los incidentes en su mayoría habían ocurrido durante la noche, dentro de los hogares de los diplomáticos. Cualquier arma de sonido o energía dirigida que hubiese sido usada parecía haber penetrado paredes y ventanas. Pero otra gente viviendo en los alrededores inmediatos no parecían haber escuchado nada fuera de lo normal. En la tecnología L-Rad conocida, las ondas de sonido generalmente radian del aparato hacia afuera. Nadie parecía entender cómo se podría enfocar el sonido casi de una forma laser y todavía penetrar superficies duras.

Después de un intervalo de varias semanas, los incidentes empezaron de nuevo — y hubo más de ellos. Una mujer fue agredida en su apartamento. Otros diplomáticos fueron golpeados en sus casas en las afueras occidentales. Las diferentes circunstancias solo complicaban el cuadro, pero los efectos del fenómeno quedaron más claros: a los primeros tres pacientes examinados en los Estados Unidos se les encontró síntomas médicos concretos, y en el caso del hombre más joven, eran bastante serios.


El viernes 24 de marzo, el diplomático quien había empezado a escuchar los ruidos en su jardín alrededor del Día de Acción de Gracias se topó con el hombre más joven en el trabajo y escuchó el diagnóstico aterrador que acababa de recibir en Miami. Los médicos decían que el hombre tenía daños serios en los huesos pequeños dentro de uno de sus oídos, entre otros problemas, y le haría falta usar un audífono. El lunes siguiente, hizo escuchar al diplomático una grabación del ruido con el cual había sido agredido. El diplomático se quedó estupefacto: sonaba muy parecido a los ruidos que él y su familia habían escuchado en su jardín durante varios meses.

Un día después, el diplomático fue a ver DeLaurentis en la espaciosa suite del embajador en el quinto piso con vista del Malecón, dijeron oficiales que están familiarizados con el episodio. El diplomático explicó que él también había sido expuesto a ruidos extraños que eran aparentemente semejantes a los que había experimentado el hombre joven. DeLaurentis dijo que él y los otros que estaban al tanto de los incidentes creían que estos estaban confinados a un “pequeño universo de gente” quienes los cubanos probablemente sospechaban de hacer trabajo de inteligencia, fueran oficiales de la CIA o no. Al diplomático la respuesta no le tranquilizó, y sugirió que a otros tampoco les iba a tranquilizar. “Tienes que organizar una reunión”, el diplomático dijo a DeLaurentis. “La fábrica de rumores se está volviendo loca”.

Al día siguiente, 29 de marzo, DeLaurentis juntó a aproximadamente cuatro docenas de miembros del personal de la embajada – todos los que tenían una autorización de seguridad para acceso a información clasificada en el edificio. Esta vez, después de entregar sus teléfonos celulares, se amontonaron en una sala de conferencias sin ventanas que había sido equipada como Lugar de Información Sensible y Compartimentada (SCIF por sus siglas en inglés.) Ya había pasado más de un mes desde que DeLaurentis había entregado su queja formal al gobierno cubano, pero la mayoría de la gente en la sala estaban escuchando de los incidentes por primera vez.

Según tres funcionarios que estuvieron en la reunión, DeLaurentis expuso tranquilamente los detalles de lo que habían experimentado algunos de los diplomáticos. Todavía había mucho que no entendían de lo que había pasado y quien podría estar detrás, dijo, pero las investigaciones estaban en curso, y las autoridades cubanas estaban tomando medidas que habían prometido para aumentar la seguridad de los diplomáticos. Alentó a cualquiera que pensara que podía haber sido expuesto, o que tenía alguna información potencialmente relevante a contactarle o hablar con el oficial de seguridad de la embajada. Especialistas médicos estaban disponibles para examinar a cualquier persona que tuviera indicios de un problema.

Si DeLaurentis esperaba calmar a sus tropas, parece haber sido solo modestamente exitoso. Parte del problema, dijeron diplomáticos, fue que concluyó la reunión pidiendo al personal reunido que evitaran hablar de la situación fuera del recinto seguro de la embajada, inclusive con sus familias. Aunque el asunto todavía era clasificado, el pedido les pareció irrazonable, hasta indignante, al menos a algunos de ellos. “Pensábamos que era una locura”, dijo un funcionario que estuvo en la reunión. “Había parientes que habían sido atacados en sus casas. ¿Cómo no íbamos a poder advertirles para que estuvieran en guardia?”

Las preocupaciones entre el personal y sus familiares por su salud explotaron. En apenas un mes, los diplomáticos reportaron un aluvión de nuevos incidentes. Para fines de abril, más de 80 diplomáticos, parientes y otro personal — una proporción muy alta para una misión que incluía aproximadamente 55 empleados americanos y sus familias — pidieron ser evaluados por el equipo médico de Miami. El equipo era liderado por un especialista en oídos, nariz y garganta, Dr. Michael E. Hoffer, quien ha trabajado extensivamente con veteranos militares que han sufrido trauma vestibular como resultado de explosiones y combates en Afganistán e Iraq. Se llevaron a cabo exámenes en Miami y La Habana, y el equipo detectó bastante rápidamente alrededor de una docena de casos nuevos — la mitad del número que sería eventualmente confirmado.

Los diplomáticos afectados experimentaron una variedad amplia de sensaciones: algunos escucharon ruidos agudos y penetrantes o un zumbido como de cigarra. Otros sintieron “rayos” concentrados de sonido o vibraciones auditivas como las que produce la ventana medio abierta de un auto yendo a gran velocidad. Otros más no escucharon ningún sonido en absoluto. Según un resumen de una página de los casos que fue preparado conjuntamente por las oficinas de Servicios Médicos y Asuntos del Hemisferio Occidental del Departamento de Estado para el gobierno cubano, “Algunos expresaron que se sintieron choqueados o sacudidos por la exposición, o despertados del sueño, y otros describieron un desarrollo más gradual de síntomas que continuaron durante días o semanas después”.

Entre el miedo que se apoderó de muchos, algunos empleados de la embajada se presentaron para decir que podían haber escuchado o sentido fenómenos similares, pero después de ser entrevistados se dictaminó que no necesitaban atención médica. Entre las primeras 20 personas examinadas por especialistas en La Habana y Miami, se determinó que nueve no tenían síntomas detectables, mientras otros nueve tenían efectos “moderados” como dolores de cabeza, nausea, tinnitus y mareos. Solo dos tenían lo que se describieron como “los más severos” efectos, incluido el hombre joven que había reportado los primeros síntomas a finales de diciembre.

El emblemático Hotel Capri en La Habana, donde dos oficiales americanos que estaban de visita reportaron que ruidos fuertes y agudos los sacudieron en sus cuartos en abril de 2017. (Desmond Boylan/AP Photo)

Después de otro intervalo de algunas semanas, un incidente nuevo y preocupante ocurrió alrededor a finales de abril en el Hotel Capri, una torre emblemática de 19 pisos con una piscina en la azotea que una vez fue un lugar preferido de varios capos de la Mafia y del actor Errol Flynn. Administrado ahora por una empresa española, el hotel estaba entre varios de los que usaba la embajada de Estados Unidos para alojar a diplomáticos y visitantes oficiales. Alrededor del 21 de abril, un funcionario de la embajada que se estaba hospedando allí mientras se renovaba su apartamento fue sacudido durante la noche por un ruido agudo y penetrante en su cuarto. Uno o dos días más tarde, un médico americano quien acababa de llegar con el equipo de la Universidad de Miami experimentó un fenómeno parecido. Los dos hombres tenían cuartos con ventanas relativamente grandes, dijo un oficial, sin embargo parecía que otros huéspedes no escucharon nada.

Esta vez, el reclamo de la embajada a los cubanos fue más vehemente. Los diplomáticos que habían sido afectados antes habían vivido en sus casas durante algún tiempo. Pero los dos nuevos americanos que decían haber sido golpeados estaban en cuartos de hotel que presumiblemente eran conocidos solo por un número pequeño de oficiales americanos y cubanos, y el personal del hotel. El medico acababa de llegar a la isla uno o dos días antes. “¿Quién sabía que estaba allí?” DeLaurentis reclamó al ministerio de relaciones exteriores cubano, según un funcionario del Departamento de Estado conocedor de la conversación. “El gobierno de Estados Unidos. Y el gobierno cubano”.

Dentro de la administración Trump, el enfado por los incidentes crecía. El 20 de mayo, el día de la independencia cubana, el Presidente emitió una declaración advirtiendo que “el despotismo cruel no puede apagar la llama de la libertad en los corazones de los cubanos”. Tres días después, el Departamento de Estado expulsó de Washington a dos diplomáticos cubanos que habían sido identificados por los Estados Unidos como espías. Las expulsiones no fueron hechas públicas, y ninguna noticia del misterio acústico en La Habana fue filtrada a los medios informativos. Sin embargo, aunque diplomáticos y oficiales de seguridad de los dos países continuaban colaborando en la investigación de una forma limitada y de bajo perfil, la relación dio un giro hacia la confrontación.

La administración Trump en este punto ya estaba finalizando sus planes para desmantelar el acercamiento de Obama. Exactamente en que se iba a retroceder no quedaba claro; Trump sugirió que a los cubanos se les había exigido poco en materia de derechos humanos, pero no ofreció ninguna refutación en particular al argumento hecho por oficiales del Departamento del Estado y otros en el gobierno de que tener tratos más intensos con Cuba era la manera más eficaz de promocionar la liberalización económica y política allí. Algunos grupos comerciales americanos y grupos políticos cubanoamericanos más moderados también presionaron para mantener los contactos establecidos. Pero en una nueva administración que había dejado vacíos puestos de alto nivel relacionados con Latinoamérica en el Departamento de Estado y el Consejo de Seguridad Nacional, muchos oficiales dijeron que había un vacío de liderazgo político sobre el asunto.

El Senador Marco Rubio habla del tratamiento que el Departamento de Estado ha dado a los problemas de salud sufridos por oficiales de la embajada americana en La Habana durante la audiencia de un subcomité de Relaciones Exteriores del Senado en Washington, D.C. el 9 de enero, 2018. (Kevin Lamarque/Reuters)

Aquel vacío fue llenado sobre todo por el ex rival de campaña a quien Trump había denigrado con el apodo de “pequeño Marco”. Empezando poco tiempo después del primer informe de inteligencia para congresistas sobre los incidentes de La Habana realizado por la administración a puerta cerrada, Rubio presionó para una respuesta más dura, oficiales dijeron, y también abogó por una serie de propuestas de línea dura para la política general hacia Cuba. La Casa Blanca “pidió mi aporte básicamente en cada asunto en Latinoamérica y el Hemisferio Occidental y … hemos estado trabajando con ellos y han estado muy abiertos”, dijo el senador Rubio a los periódicos McClatchy. “De alguna manera, el hecho de que no vinieron con ideas preconcebidas de qué hacer ha creado el espacio para que ocurra este debate”.

El 16 de junio, el presidente Trump viajó a Miami para anunciar que iba a “cancelar el acuerdo absolutamente sesgado con Cuba hecho por la anterior administración”. Aunque los cambios no llegaron tan lejos, Trump ordenó a las agencias del gobierno que revisaran las regulaciones sobre viajes y negocios para prohibir cualquier transacción con hoteles, restaurantes, tiendas y otras empresas vinculadas a las grandes operaciones en turismo y comercio de las fuerzas armadas cubanas. Los estadounidenses a excepción de los cubanoamericanos no serían permitidos viajar por su cuenta para turismo general, si no solo con grupos educativos organizados o con otros grupos con itinerarios preestablecidos. Cualquier mejora adicional en la relación bilateral, dijo Trump, estaría sujeta a mejoras en los derechos humanos en Cuba. “¡Ahora que soy Presidente”, prometió Trump, “vamos a exponer los crímenes del régimen de Castro!”


En La Habana, el diplomático que primero había escuchado los ruidos en su jardín fue enviado a Miami a principios de abril para pruebas médicas con un contingente de personal de la embajada. Él y su mujer solo volverían para empacar sus cosas. Antes de marcharse de Cuba, sin embargo, paró en la casa de uno de sus vecinos canadienses para despedirse y explicarle un poco porque tenían que irse. El diplomático canadiense se preocupó: Su familia había estado escuchando los sonidos, dijo. ¿Podrían haber causado un misterioso sangrado de nariz que su hijo había sufrido? ¿O los males de cabeza de su mujer?

A finales de abril, DeLaurentis invitó a un pequeño grupo de embajadores de países estrechamente aliados con Estados Unidos — Canadá, Gran Bretaña, Francia y otros — para dejarles saber lo que le había estado pasando a su personal y preguntar si alguien más había experimentado algo similar. Aparte de un informe de un diplomático francés que fue rápidamente descartado, la única respuesta significativa vino de la embajada de Canadá. A principios de mayo, el embajador canadiense, Patrick Parisot, juntó a los 18 diplomáticos de su plantilla para pasarles la advertencia de los americanos y preguntar si alguien había escuchado ruidos raros o sufrido alguna enfermedad inusual. Varias personas respondieron, dijo un oficial canadiense, entre ellas un hombre (aparentemente el vecino del diplomático americano) que dijo que había escuchado sonidos extraños en su jardín en marzo.

Como en la embajada americana, los miedos acerca de lo que estaba pasando se expandieron rápidamente entre el personal canadiense. En total, 27 diplomáticos, cónyuges e hijos, representando 10 de las familias de la embajada, solicitaron ayuda médica. De ese grupo, ocho personas de cinco familias — incluidos dos niños — recibirían diagnósticos de síntomas que eran más leves que las de casi todos los pacientes americanos: sangrados de nariz, mareos, dolores de cabeza e insomnio. Todos se recuperarían bastante rápidamente.

En general, dijo un oficial canadiense involucrado en el caso, la experiencia que provocó los síntomas de los diplomáticos canadienses era bastante diferente de las que reportaron los americanos. Además del diplomático canadiense que dijo haber escuchado ruidos en su jardín, miembros de otra familia diplomática informaron que un día en junio habían escuchado un sonido repentino y vibrante, como si se estuviera agitando una hoja de chapa; un miembro de la familia se enfermó más tarde. Pero los otros seis canadienses que se enfermaron no habían escuchado ni experimentado nada parecido.

“En la mayoría de los casos, realmente no había ataques que podíamos señalar”, dijo el oficial canadiense. “La experiencia americana se trataba totalmente de eventos acústicos y la gente sintiéndose enferma, y nosotros teníamos gente que se sentía enferma con vínculos limitados a eventos acústicos”.

También, el ministerio de relaciones exteriores canadiense manejó el asunto de una forma muy distinta a los estadounidenses, evitando cualquier crítica al gobierno cubano. El ministerio dijo que no tenía ningún plan para reducir su personal diplomático en La Habana, y reemplazó rápidamente a las tres familias de la embajada que decidieron volver a casa por causa del problema. El gobierno también dijo que la Policía Real Montada Canadiense había recibido toda la asistencia que había pedido del gobierno cubano. “Los cubanos están bastante apegados a los 1.2 millones de turistas canadienses que vienen a Cuba cada año, así que tienen un incentivo bastante fuerte para cortar esto de raíz”, dijo el oficial. “Han sido muy proactivos en intentar ayudarnos”.

Sin embargo, la policía canadiense no ha hecho virtualmente progreso alguno en su investigación, dijo el oficial, a pesar de haber recibido ayuda de las fuerzas de seguridad cubanas y del FBI. Después de consultar con expertos en tecnología e inteligencia, oficiales de seguridad de Estados Unidos y Canadá han recomendado que los diplomáticos y sus familias se alejen lo más rápido posible de cualquier sonido inusual que puedan escuchar. La embajada americana también repartió grabadoras de alta frecuencia para que los diplomáticos pudieran grabar los sonidos. Algunos diplomáticos también fueron reubicados de casas donde los sonidos o vibraciones habían sido experimentados repetidamente.

El equipo de investigación del FBI, que ha incluido a agentes de una unidad basada en Miami que investiga crímenes contra ciudadanos estadounidenses en Latinoamérica, ha visitado Cuba cuatro veces desde mayo. El grupo ha entrevistado a diplomáticos y otros oficiales de los dos países, examinado las casas y los hoteles donde los incidentes ocurrieron, y llevado a cabo otras indagaciones. Sus evaluaciones han sido utilizadas en matrices complejas creadas para comparar las circunstancias físicas de los incidentes reportados con las sensaciones descritas por los americanos y los síntomas que padecieron luego. También han contribuido al análisis todavía secreto de la División de Tecnología Operacional del FBI con fecha del 4 de enero que concluyó que las enfermedades y lesiones de los americanos no fueron causadas por ningún tipo de aparato sónico. (Un oficial de seguridad diplomática del Departamento de Estado, Todd Brown, dijo que los investigadores están todavía considerando la posibilidad de que el sonido fuera usado para ocultar otro tipo de agente o tecnología dañina.)

Un residente mira desde la ventana de su casa en La Habana. (Eliana Aponte/Bloomberg via Getty Images)

La investigación de La Habana también ha incorporado una gama amplia de agencias científicas y tecnológicas de Estados Unidos, incluidas el Directorado de Ciencia y Tecnología de la CIA, la Agencia de Proyectos de Investigación Avanzados de Defensa del Pentágono, entre otras, pero oficiales dijeron que no está claro si alguna de ellas ha hecho avances significativos. Además de tecnologías ultrasónicas e infra-sónicas, han examinado otras tecnologías de energía dirigida, dijeron los oficiales. Parte del trabajo de investigación también se ha enfocado en el uso posible de microondas, evocando al episodio conocido como el Señal de Moscú, un caso de los años setenta en el cual la inteligencia soviética emitió señales de microondas dentro de la embajada de Estados Unidos en Moscú para activar un receptor pasivo escondido en la oficina del embajador americano. Se reportó después que americanos en la embajada habían sufrido enfermedades a causa del fenómeno, pero sus síntomas no tenían un parecido cercano a los que padecieron los diplomáticos en Cuba.

En entrevistas, ex oficiales de inteligencia americanos dijeron que eran también escépticos ante la idea de que los diplomáticos de Estados Unidos en Cuba podían haber sido sometidos a un intento nuevo y agresivo de vigilancia que tuviera consecuencias inesperadas. Porque los cubanos siempre han mantenido un control cercano sobre los diplomáticos americanos en La Habana, dijeron, las fuerzas de seguridad generalmente saben que tienen poco que temer de los intentos de reclutamiento o recogida de información de los espías americanos basados en la isla. Los expertos en inteligencia notaron también que la vigilancia de diplomáticos en casa es una tarea de trabajo intensivo que probablemente estaría reservada para los objetivos más importantes.

“En mi experiencia, estos operativos en las residencias implican que terminas examinando un montón de basura”, dijo Charles S. (Sam) Faddis, un antiguo mando de operaciones de la CIA. “Son un dolor en el trasero. El producto que consigues está lleno de ruidos irrelevantes, la vida diaria, cada discusión matrimonial, los sonidos de la tele, los niños, el perro. Me parece mucho esfuerzo para ese tipo de objetivo”.

Entre los científicos que el equipo del FBI ha consultado está Allen Sanborn, Ph.D., un biólogo en la Universidad Barry en Miami Shores, Florida, quien ha dedicado 30 años al estudio de las poblaciones de las cigarras en Latinoamérica y otras partes del mundo. Dr. Sanborn dijo que, aunque las cigarras hacen ruidos muy fuertes, “es dudoso que podían causar lesiones en Cuba por el tamaño y por la especie”. Estimó que la cigarra cubana puede alcanzar un nivel ensordecedor de 95 decibeles a una distancia de 20 pulgadas aproximadamente, pero enfatizó que el nivel de presión de sonido bajaría seis decibeles cada vez que se dobla la distancia. O sea que, a una distancia de 40 pulgadas, la intensidad de sonido bajaría a 89 decibeles, y a 80 pulgadas bajaría a 83 decibeles, y así en adelante. “No te haría realmente daño al menos que fuera insertado en el canal de tu oído”, dijo durante una entrevista.

Los cuatro agentes del FBI que fueron a la casa de Dr. Sanborn para la entrevista le hicieron una serie de preguntas sobre las llamadas de los insectos en general y las cigarras en particular. Entonces, le pidieron que escuchara cuidadosamente aproximadamente una docena de grabaciones hechas por diplomáticos americanos en La Habana que habían experimentado lo que pensaban en aquel momento era algún tipo de ataque sónico. Algunas grabaciones eran más cortas, otras más largas, dijo el Dr. Sanborn, pero todas eran de más o menos la misma frecuencia y parecían ser el mismo tipo de sonido. Les advirtió que las grabaciones no eran de una calidad extremadamente alta, pero ofreció a los agentes su mejor conclusión.

“Las tres posibilidades son los grillos, las cigarras y los saltamontes tropicales”, dijo. “A mí me sonaban como cigarras”.

El Dr. Sanborn dijo que les dio a los agentes un par de informes académicos que ha escrito que incluyen análisis de los patrones temporales y la frecuencia espectral de varios cantos de cigarras, pero no ha vuelto a tener noticias de ellos.

Solo el lado médico de la investigación ha producido resultados algo más concluyentes. A principios de julio, la oficina de servicios médicos del Departamento de Estado organizó un grupo de expertos en neurología, otorrinolaringología y otras especialidades para examinar los expedientes médicos de los pacientes de La Habana. Los médicos reconocieron que al menos parte de lo que experimentaron los diplomáticos podría haber venido de otras fuentes, incluyendo “enfermedades virales, previos traumas de cabeza, el envejecimiento, y hasta el estrés”, dijo el Dr. Rosenfarb. Pero, añadió, el consenso de los expertos fue que “los patrones de las lesiones que habían sido notados hasta ahora eran probablemente relacionados a trauma de una fuente no-natural”.

No había habido nuevos ataques desde abril, aunque algunos de los afectados solo reportaron sus síntomas semanas o meses después. Pero entonces, alrededor del 21 de agosto, dos incidentes más fueron reportados por diplomáticos, al menos uno de ellos en el elegante Hotel Nacional, una fortaleza de lujo al estilo años treinta no lejos del Capri. Poco después de que los médicos confirmaran el 1 de septiembre que los dos diplomáticos mostraban síntomas asociados con los incidentes, el Departamento de Estado puso la misión de La Habana en estatus de “partida voluntaria”, permitiendo a cualquiera que servía allí irse con sus familias. La razón que el departamento dio por la orden fue el inminente Huracán Irma, que sacudió la costa norte de la isla unos días después.

Pero muchos de los que se marcharon no volverían, o volverían solo para empacar sus pertenencias. En una acción dramática y punitiva el 29 de septiembre, el Departamento de Estado ordenó que se fueran a casa 24 de los 47 diplomáticos asignados a La Habana, incluidos todos los que tenían familias. Cerró a efectos prácticos la sección consular de la embajada exceptuando los servicios de emergencia. Entonces el departamento ordenó a 15 diplomáticos cubanos más marcharse de Washington, incluidos algunos involucrados en el procesamiento de visados y asuntos comerciales.

El departamento no acusó al gobierno cubano de estar directamente involucrado en lo que llamaba los “ataques” de La Habana. Pero advirtió a los ciudadanos estadounidenses que no viajaran a la isla, usando términos que eran más ominosos que el lenguaje que se usa para países asolados por la violencia y la inestabilidad. Y cualquier matiz que el Departamento de Estado intentó enfatizar (las relaciones diplomáticas por lo demás continuarían) se perdieron rápidamente en la erupción retórica. “No hay manera de que alguien pudiera ejecutar este número de ataques, con ese tipo de tecnología, sin que lo supieran los cubanos”, dijo senador Rubio, quien otra vez había estado instando a una respuesta más contundente. “O lo hicieron, o saben quién lo hizo”.

Los cubanos, aseveró el Presidente Trump sin más explicación, “hicieron algunas cosas muy malas”.

El Presidente Donald Trump, después de firmar cambios en la política hacia Cuba el 16 de junio, 2017, en Miami, Florida. Trump restringió viajes y negocios americanos en la isla. (Joe Raedle/Getty Images)

Era un guion que el gobierno cubano parecía reconocer. El ministro de relaciones exteriores, Bruno Rodríguez, que antes había llamado al discurso de Trump en Miami en junio “un espectáculo grotesco”, enfatizó un punto por encima de otros: Los Estados Unidos no había presentado absolutamente evidencia alguna de que los cubanos habían hecho otra cosa más que ayudar a investigar el problema. Aunque Estados Unidos ha sugerido que Cuba no cumplió con sus responsabilidades de proteger a los diplomáticos extranjeros bajo los Convenios de Vienna, oficiales cubanos han subrayado que Washington no ha citado ninguna acción específica que el gobierno cubano no haya tomado en este sentido.

“Cuba no ha tomado medidas en absoluto contra los Estados Unidos”, dijo Rodríguez, refiriéndose a las sanciones americanas. “No discrimina contra sus compañías. Invita a sus ciudadanos a visitarnos, promociona el diálogo y la cooperación bilateral”. (Refiriéndose a la base naval de la Bahía de Guantánamo, que los Estados Unidos ha ocupado por tratado desde 1903, añadió: “No ocupa ninguna parte del territorio estadounidense”.) Las acciones tomadas por los Estados Unidos, añadió, “solo pueden beneficiar los intereses siniestros de un puñado de personas”.

Expertos en política exterior dentro y fuera del gobierno generalmente coinciden en que los incidentes de La Habana van en contra de los intereses del gobierno de Castro. “Al régimen cubano no le interesaba antagonizar a la administración Trump”, dijo Craig A. Deare, quien fue despedido poco después de un mes como el especialista de más alto rango sobre Latinoamérica del Consejo de Seguridad Nacional cuando criticó la actitud agresiva del Presidente Trump hacia México. “No me parecía tener sentido entonces y no me parece tener sentido ahora”.

La expulsión de los diplomáticos y la advertencia a viajeros, además del endurecimiento del embargo y el huracán, ya han cortado el flujo de turistas americanos a la isla. La actividad comercial estadounidense ha caído más, en parte debido a la partida de diplomáticos cubanos en Washington que organizaban reuniones y tramitaban los visados. Los disidentes cubanos también se han quejado de que el declive en el flujo de turistas ha dañado profundamente a comercios pequeños e independientes como casas de huéspedes, restaurantes familiares y similares.

La propia investigación del gobierno cubano de los incidentes ha sido otra pieza central de la contraofensiva de relaciones públicas. Según informes de prensa cubanos, aproximadamente 2,000 personas han estado involucrados en la pesquisa, durante la cual detectives de policía han interrogado a vecinos de los diplomáticos (quienes dijeron que no recordaban haber escuchado nada inusual), médicos cubanos (quienes se preguntaban porque los americanos nunca buscaron atención para sus graves problemas) y su proprio elenco de científicos y tecnólogos.

Ingenieros cubanos también analizaron las grabaciones que según oficiales fueron hechas por diplomáticos de Estados Unidos. Los ingenieros también concluyeron que los ruidos eran a niveles de decibeles demasiado bajos para causar pérdida auditiva — pero que los sonidos primarios en las grabaciones eran hechos por cigarras. Otros científicos cubanos han sugerido que las enfermedades de los americanos eran psicosomáticas.

A pesar de meses en que el enfoque de activos de inteligencia sobre la situación cubana ha sido intensificado, agencias de inteligencia de Estados Unidos no han captado casi ninguna evidencia secundaria de que el gobierno puede haber ayudado a ataques contra los diplomáticos o buscado intervenir con algún gobierno aliado que pudiera estar involucrado en el asunto. Tampoco hay algún indicio de que el gobierno cubano ha identificado alguna facción rebelde de las fuerzas de seguridad que pudiera haber querido socavar el acercamiento con Washington, oficiales dijeron.

La idea de tal facción rebelde intentando subvertir una iniciativa mayor del gobierno ha sido barajada frecuentemente en Washington en meses recientes. Aunque el funcionamiento interno del régimen de Castro ha sido siempre algo opaco para los de fuera, muchos analistas veteranos del régimen cubano les suena como casi inconcebible. “Es enormemente irónico que la teoría de la facción rebelde viene exactamente de la misma gente que dice que el gobierno cubano sabe absolutamente todo lo que pasa en el país”, dijo Armstrong, el ex analista de la CIA. “Pero nunca ha habido evidencia alguna de facciones rebeldes operando fuera del sistema”. Recordó que en el caso que probablemente más se acerca a esta tesis — la condena en una farsa de juicio a varios poderosos oficiales de inteligencia y militares por narcotráfico y otros crímenes en 1989 — había hasta algunas evidencias circunstanciales de que las actividades ilícitas de los oficiales habían sido toleradas durante bastante tiempo por sus superiores.

Dejando al lado algunas posibilidades estrafalarias y poco posibles — agentes norcoreanos merodeando por La Habana o quizás un equipo secreto de espías venezolanos subvirtiendo al aliado más cercano de su propio gobierno — el análisis parecería dejar solo Rusia como sospechoso posible. Para Moscú, ayudar a descarrilar el acuerdo trabajosamente logrado entre Washington y La Habana podría constituir un golpe maestro de la geopolítica, dijeron algunos oficiales estadounidenses. Se encuadraría muy bien en la campaña agresiva del Kremlin para minar a sus adversarios occidentales, utilizando todo desde operaciones de espionaje hasta ciberataques contra elecciones. Rusia también tiene una larga historia de hostigamiento a diplomáticos de Estados Unidos, un patrón que se ha intensificado en Moscú desde 2014, dijo Andrew Foxall, director del Centro de Estudios Rusos en la Sociedad Henry Jackson, un instituto de estudios en Londres.

La embajada de Estados Unidos en La Habana el 3 de octubre de 2017. Con solo un equipo de personal mínimo, expertos dicen que los diplomáticos tendrán dificultades para monitorear un periodo de transición política crucial. (Yamil Lage/AFP/Getty Images)

Después de años de hostilidad cubana que siguieron la caída de la Unión Soviética y la retirada de los enormes subsidios que suministró durante décadas, el Kremlin ha hecho una serie de esfuerzos para fortalecer el anteriormente cercano lazo estratégico entre los dos países. Como con Venezuela y Nicaragua, Rusia ha pagado un precio generoso por la amistad renovada con Cuba, ayudando a compensar la pérdida de importaciones de petróleo venezolano con 1.9 millones de barriles de combustible, con un valor estimado de $105 millones a precios de descuento. Las exportaciones de Rusia a Cuba casi se doblaron el año pasado. En diciembre, Raúl Castro recibió la visita del director del gigante estatal ruso de energía Rosneft, fomentando especulaciones de que un gran acuerdo de exploración o suministro de petróleo podría estar en ciernes.

La relación de seguridad entre los dos países también ha crecido. En diciembre de 2016, justo cuando empezaron los incidentes afectando el personal de Estados Unidos, Rusia y Cuba firmaron un nuevo acuerdo de cooperación en defensa y tecnología. Oficiales rusos también han hablado públicamente de la posibilidad de reabrir una base de espionaje rusa cerrada en el pueblo cubano de Lourdes.

Además de un móvil posible, los rusos podrían tener los medios tecnológicos — o al menos la capacidad para haber plausiblemente desarrollado un arma de energía dirigida que los científicos estadounidenses no pueden identificar. Pero a estas alturas, oficiales dijeron, los analistas de inteligencia también esperarían haber entresacado de interceptaciones electrónicas de conversaciones en el extranjero al menos alguna evidencia secundaria de que los rusos pudieran estar involucrados — conversaciones sospechosas de teléfono o correos electrónicos, mensajes sugestivos, movimientos de agentes rusos — algo. Pero los oficiales dijeron que no han encontrado virtualmente nada que constituirían pruebas reales. También se preguntan si Rusia arriesgaría su creciente relación con Cuba con una operación que podría socavar la iniciativa diplomática más importante de la isla en décadas.

Y aun en el caso de que Rusia hubiera desarrollado algún tipo de arma nueva y compacta de energía dirigida que se podía haber usado para atacar a los diplomáticos americanos, todavía habría los desafíos logísticos extremadamente complejos para su despliegue. Agentes rusos presumiblemente tendrían que haber ubicado al menos dos docenas de diplomáticos estadounidenses en La Habana, alcanzarlos de forma clandestina y repetida, y en algunas de las zonas más patrulladas de lo que muchos consideran un estado policial. Las agencias de inteligencia tampoco han documentado pruebas de un arma parecida contra algún otro objetivo, o señales de que Rusia puede haber movido agentes a Cuba para llevar a cabo tal operativo.

En la ausencia persistente de pruebas verdaderas de como los diplomáticos de Estados Unidos fueron afectados, la administración Trump no parece tener un camino fácil hacia adelante. Aproximadamente 10 de los diplomáticos y sus parejas siguen sometiéndose a rehabilitación vestibular y neurológica, tanto en Washington como en la Escuela Perelman de Medicina de la Universidad de Pennsylvania. Algunos se han movido a nuevos trabajos en Washington o en el extranjero, y otros se han mantenido ocupados en la unidad de Asuntos del Hemisferio Occidental con tareas como procesar peticiones bajo la Ley de Libertad de Información o tramitar solicitudes con el personal de recursos humanos, dijeron oficiales.

El 4 de marzo, tendrá que decidir si convertir la retirada de los diplomáticos en una reducción permanente de personal. Un documento interno del Departamento de Estado obtenido por ProPublica también indica que la ralentización de actividad consular puede hacer difícil que Estados Unidos alcance su compromiso de procesar al menos 20,000 visados de inmigración para cubanos este año, una meta anual que es extremadamente importante para los cubanoamericanos que buscan traer a sus parientes de la isla. Diplomáticos americanos — incluidos algunos que fueron forzados a irse de La Habana — dicen también que el departamento ha reducido su capacidad para ver, comprender y tal vez influenciar lo que está pasando en Cuba en un punto de transición potencialmente histórico.

“Nuestros diplomáticos quieren volver”, dijo un oficial estadounidense que ha sido informado ampliamente sobre el desarrollo de los hechos en La Habana. “¿Pero si no puedes llegar al fondo de esta situación, cómo sucede eso? Y han sido bastante abiertos al decir que no sabemos mucho más sobre esto de lo que sabíamos hace 12 meses”.

Traducción por Carmen Méndez.

Correction, El catorce de marzo: Este reportaje indicó erróneamente la fecha en que el Departamento de Estado ordenó a 24 diplomáticos estadounidenses que salieran de Cuba. Fue el 29 de septiembre, no el 30 de septiembre.