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Nota del editor: este artículo fue publicado originalmente en inglés el 16 de julio. El 26 de julio, ProPublica recibió una actualización: el caso de esta madre fue aprobado y la familia se reunirá pronto.

SULPHUR, La. — Sendy Karina Ferrera Amaya abrió la boca, y una mano enguantada le pasó por cada mejilla un cepillo superficial con un hisopo de algodón.

Quince segundos, y la prueba de ADN por la que había pagado 429 dólares terminó. “Eso es todo”, dijo el técnico de laboratorio el jueves 12 de julio. Eso fue todo. Ferrera, de 25 años, sonrió tentativamente y salió para reunirse con su prometido. Apretando su mano mientras se alejaban, se permitió sentir esperanza. Imaginar a su hija de un año de pelo rizado envuelta en sus brazos, mucho más grande que la última vez que la abrazó. Tal vez la próxima semana, finalmente, se reuniría con Liah, cuyo nombre llevaba alrededor del cuello como un talismán.

A pesar de que la administración de Trump tiene una orden judicial que le obliga a reunir a los niños que fueron separados de sus padres bajo la política de inmigración de “tolerancia cero”, Ferrera no tiene idea de lo que eso significa para su familia. Liah había viajado desde Honduras con su tío a mediados de abril. Ferrera ya estaba en Estados Unidos, tras haber ingresado sin ser detectada meses antes.

Ha pasado los más de tres meses desde que Liah pasó a custodia del gobierno de Estados Unidos tratando de sacar a su hija del régimen de acogida temporal para niños inmigrantes no acompañados, haciendo todo lo posible para demostrarle al gobierno que ella es la madre de Liah, y una buena.

Ferrera habló con ProPublica sobre esta experiencia, permitiendo que una periodista la acompañara a una prueba de ADN y compartiendo tres meses de comunicaciones diarias por WhatsApp con su trabajadora social, que documentan lo que a ella le ha parecido una lista interminable de requisitos que necesita cumplir para volver a ver a su hija.

Estos requisitos arrojan luz sobre el laberinto burocrático al que enfrentan las familias cuando intentan recuperar a un niño del sistema de acogida temporal migratorio del Departamento de Salud y Servicios Humanos (HHS, por sus siglas en inglés) — un lugar donde los derechos de los padres extranjeros chocan con el deseo declarado de los funcionarios estadounidenses de proteger los intereses de niños cuyos antecedentes son desconocidos para ellos.

La hija de Ferrera es una de los 11,800 menores no acompañados que reciben atención del HHS, muchos de los cuales son niños mayores que viajaron solos para reunirse con familiares o amigos de la familia aquí. Las autoridades no dicen cuántos más, como Liah, tienen menos de 5 años, pero el año pasado casi 7,000 niños menores de 12 años pasaron por los refugios de HHS.

Al igual que Ferrera, muchos de los parientes y amigos que intentan reclamar a estos niños son indocumentados, lo que presenta un conflicto en el que tienen que someterse a exhaustivas verificaciones de antecedentes de una agencia del gobierno, HHS, sabiendo que otra agencia, Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés), está peinando el país para encontrar y deportar a personas indocumentadas. El temor a la deportación ha provocado que algunos eviten el proceso, dejando a los niños languideciendo en el sistema.

Al principio, Ferrera estaba nerviosa por lo que podría pasar, pero sabía que esta era la única forma de recuperar a su hija. “Si a mí me toca irme con mi hija de acá, me voy,” dijo. “Pero con mi hija. No sola. Por eso lo hago, por ella”.

Ella ha proporcionado a los funcionarios estadounidenses su identificación hondureña, actas de nacimiento, pasaporte, estados de cuentas bancarias, comprobantes de domicilio, huellas dactilares, documentación extensa sobre su prometido, contactos telefónicos e identificación de familiares en Honduras, registros de sus últimas videollamadas con su hija — incluso ultrasonidos, registros médicos y una foto de los correspondientes brazaletes hospitalarios del día en que nació Liah.

Hasta ahora, no ha sido suficiente.

Los oficiales de HHS dijeron a ProPublica que no comentarían sobre casos individuales. Los trabajadores sociales del caso de Liah tampoco respondieron a varias solicitudes de entrevistas.

En el pasado, el HHS ha sido criticado por usar estándares de revisión laxos: durante un período en 2014 cuando la agencia relajó los requisitos de huellas digitales, ocho adolescentes fueron liberados a traficantes de personas y obligados a trabajar en condiciones de esclavitud en una granja de huevos. Desde entonces, la agencia ha reforzado los requisitos para la reunificación, y en las últimas semanas, los funcionarios del HHS han defendido su sistema, señalando que una investigación rigurosa pretende garantizar que los niños estén a salvo.

“Nuestro proceso puede no ser tan rápido como a algunos les gustaría, pero no hay duda de que está protegiendo a los niños”, dijo un funcionario de HHS en una llamada telefónica con reporteros la semana pasada. En el proceso de examinar a los padres de 103 niños menores de 5 años separados, la agencia dice que encontró 11 adultos con antecedentes penales graves, una acusación de abuso y un caso en el que el adulto planeaba alojar a un niño con un pedófilo.

Después de que un juez emitiera un fallo diciendo que HHS no estaba reunificando a las familias separadas lo suficientemente rápido, HHS presentó documentos judiciales el viernes indicando que relajaría sus restricciones en la revisión para los padres de niños que caen bajo la orden judicial.

Ferrera posa para una foto de identificación (arriba) y realiza un test de ADN (abajo) para enviar al gobierno estadounidense, con la esperanza de que este sea el último paso en un proceso de un mes de duración para liberar a su hija, de un año, de la custodia de HHS. (Spike Johnson para ProPublica)

Para Ferrera, el proceso se ha vuelto desesperadamente turbio. Cada día que pasa sin la aprobación le invade un sentimiento de malestar y desasosiego. Ha mantenido un flujo constante de mensajes de WhatsApp con la trabajadora social de Liah, una empleada de Southwest Key, el mayor proveedor sin ánimo de lucro autorizado para alojar a los menores no acompañados que cruzan la frontera.

30 de abril: ¿Cómo está mi niña? … ¿Cree que le dejen enviarme una foto? Ya días que no la veo.

14 de mayo: ¿Estamos fallando en algo? … Disculpe por insistir tanto, pero parece que no me van a dar mi niña. Yo me siento tan desesperada. ¿No le ha dado una respuesta la señora del gobierno?

30 de mayo: Por favor pido que me ayude a que me den a mi bebé. Yo siento que me muero si no me la quieren dar. Es injusto, yo soy su mamá.

Algunas veces, la trabajadora social respondió suavizando la situación para darle esperanza. Otras veces, pasaron días sin respuesta. Le recordó a Ferrera que resolver el caso de Liah no dependía de ella. Ella dependía de que una señora del gobierno decidiera aprobar la reunificación. Y esa señora parecía tener siempre otra pregunta o demanda para Ferrera.

Los temores de Ferrera de que el gobierno la considere no apta para recibir a su hija y de que, en cambio, permita que Liah sea adoptada por otra persona siguen creciendo.

Los funcionarios del HHS enviaron a ProPublica una declaración general al respecto, diciendo: “(La) primera preferencia, consistente con la ley federal, es liberar al niño a su padre o tutor legal … La reunificación es el objetivo final … y estamos trabajando para realizarlo para aquellos niños extranjeros no acompañados que quedan actualmente bajo nuestra custodia “.

Ferrera ha leído los comentarios en los artículos sobre madres que llevaron a sus hijos en el peligroso viaje para cruzar la frontera estadounidense.

“Dicen: ‘¿Por qué dejaste tu país? Sabes que no puedes quedarte aquí porque eres ilegal. “Te juzgan”, dijo. “Y tal vez en esta entrevista, y cuando escribas este informe, más personas me juzgarán”.

A pesar de la posibilidad de “comentarios crueles” y la amenaza de deportación, dijo que quería que ProPublica contara su historia. “Si bien hay algunas personas que critican”, dijo, “hay otras personas que entienden”.


Liah solo tenía dos meses cuando Ferrera salió para el norte con un coyote. La herida de su cesárea aún se estaba curando. Odiaba dejar a su recién nacida al cuidado de su hermano, pero sentía que no podía esperar más.

El padre de Liah se volvió agresivo cuando Ferrera le dijo que estaba embarazada y él reveló que ya tenía una familia propia, dijo ella. Aparecía en su casa amenazándola, recordaban sus familiares. Su prima de 16 años recordó verlo aparecer un día cuando las dos estaban solas y Ferrera estaba embarazada. “Dijo que sería mejor abortar a Liah”, dijo Fany Noelia Funes Zaldivar. “Yo estaba llorando porque no hallaba cómo defenderla, luego él quería pegarle en la barriga”.

Mientras Ferrera estaba embarazada, un amigo le presentó a Juan Barrera Bucio por internet. Ciudadano mexicano, vivió indocumentado en Estados Unidos durante 15 años y parecía tener una vida agradable. Tenía un trabajo estable, una conducta amable y tranquila, y ya había criado dos hijos propios. Entablaron una correspondencia y se enamoraron. Ferrera se dio cuenta de que no le quedaba mucho en Honduras. Su trabajo en la construcción pagaba poco y no iba a ningún lado. Las calles de Olancho, su ciudad natal, estaban llenas de pandillas y policías que podían golpear a cualquiera con impunidad. “Cuando otra persona depende de ti, ya te pones a pensar en el futuro, y lo que vas a ofrecer”, dijo. “No tenía que ofrecerle”.

Barrera y Estados Unidos tenían algo que ofrecer.

Su familia estaba de acuerdo con que debería ir y hacer traer a Liah más tarde, cuando la bebé fuera lo suficientemente grande como para resistir el agotador viaje de semanas a través de Guatemala y México. Ferrera se fue con coyotes a finales de junio de 2017, después de haber pagado 5,000 dólares, e ingresó a Estados Unidos sin ser detectada un mes después. Barrera, quien recientemente obtuvo una visa de empleo especial por ayudar a la policía a atrapar a un delincuente, la ha apoyado desde su llegada, ayudándola a encontrar trabajo, enseñándole algo de inglés y llevándola a comer su plato favorito: pollo marsala en Olive Garden.

Después de que Liah comenzó a dar sus primeros pasos, Ferrera decidió que era hora de que su hermano la trajera a los Estados Unidos. Vendió muchas de sus pertenencias para pagarle a los coyotes 5,000 dólares, pero Ferrera dijo que lo veía como una inversión; si las cosas iban bien, podría esperar quedarse con Ferrera y Barrera durante unos años para trabajar y ahorrar dinero.

Foto tomada por Alexander Antonio Ferrera Amaya, hermano de Ferrera, de Liah cruzando el Río Grande en una ruta de tráfico de personas. (cortesía de Sendy Karina Ferrera Amaya)

Tío y sobrina partieron el 5 de abril.

Liah estuvo extraordinariamente tranquila durante su difícil viaje, dijo el hermano de Ferrera, Alexander Antonio Ferrera Amaya. Viajaron en la oscuridad total dentro del tráiler y cruzaron un río en un bote de goma. Cuando viajaron por el desierto durante dos días, ella se quedaba en sus brazos y casi nunca lloró. Si comenzaba a ponerse inquieta, él le daba una galleta de sus provisiones.

El 14 de abril, cruzaron el Río Grande hacia Texas. Al día siguiente, la Patrulla Fronteriza los sorprendió y los llevó a un centro de detención. Dos días más tarde, el nombre del hermano de Ferrera fue llamado de una lista, pero no el de Liah. Un agente vino por la niña. “Cuando me la quitaron, ella lloró”, dijo el hermano de Ferrera. “Ella quería quedarse conmigo, y con nadie más”. El agente no explicó a dónde la llevaba.

La familia había esperado que el hermano de Ferrera y Liah fueran guiados por los coyotes y escaparan de la detección por parte de las autoridades de inmigración. Pero incluso si eran detenidos, tenían razones para creer que los mantendrían juntos y que se les permitiría iniciar un caso de asilo. Habían oído hablar de casos en que los niños pequeños que no podían hablar se quedaban con parientes en centros de detención familiar y luego eran liberados. “Pensamos que, dado que ella era demasiado pequeña, le dejarían quedarse con ella hasta que nos la trajeran”, dijo Ferrera. “Pero no, la separaron”. El hermano de Ferrera fue deportado tres semanas después.

Ferrera y Barrera habían planeado una celebración con amigos el 21 de abril, esperando que Liah hubiera llegado para entonces. Ese día, Ferrera se mantuvo optimista, pensando que una reunión no se demoraría más de un mes, diciéndoles a todos que ella sabía que pronto recuperaría a su bebé. Cocinaron carne asada. Los amigos trajeron regalos para la bebé.

Ahora, Ferrera pasa sus dedos por esos pantalones cortos con volantes, vestidos y enteritos, y se pregunta si Liah será demasiado grande para que le queden bien cuando se reúnan. O, un pensamiento más aterrador: si esa reunión sucederá.


El día en que la separaron de su tío fue el primer cumpleaños de Liah. El mismo día, una trabajadora social de Southwest Key notificó a Ferrera que la bebé estaba bajo el cuidado de la organización.

Al principio, Ferrera se sintió aliviada, contenta de saber que Liah estaba a salvo y que pronto la vería. La trabajadora social parecía formal, pero también comprensiva. Le envió a Ferrera un manual y un video sobre la reunificación, una lista de los documentos que debería proporcionar y una advertencia sobre posibles estafadores que se dirigen a las familias de menores no acompañados. Ella le aconsejó a Ferrera que comenzara a ahorrar para los boletos de avión para Liah y para un cuidador contratado por el gobierno, que volaría con ella. Después de que Ferrera se lo pidiera, la trabajadora social envió una foto de Liah en una sillita alta, usando un babero. Ella estaba comiendo un plátano, dijo la trabajadora social.

Los mensajes muestran que Ferrera le rogó a la trabajadora social, casi a diario, que programara videollamadas. ¿Cree que me puedan dejar verla por video llamada? Ya la extraño mucho, le dijo en un mensaje de texto enviado el 15 de mayo. Cuando Liah todavía estaba en Honduras, Ferrera la llamaba a veces tres veces al día. La trabajadora social le dijo que no podía ser una costumbre semanal — su supervisor tenía que aprobarlo cada vez.

Cuando las había, las llamadas le garantizaban a Ferrera el bienestar de su hija, pero también le recordaban todo lo que no sabía. Le habían dicho que Liah estaba en un centro de acogida temporal en Texas, pero no se le permitía saber exactamente dónde. Liah generalmente aparecía en una oficina anodina rodeada de computadoras, escritorios y papeles. El video la enmarcaba de forma ajustada, como si estuviera dentro de una pintura en miniatura. Nunca había otros niños alrededor, y los trabajadores que acompañaban a Liah no respondían a sus preguntas. ‘¿Qué estaba comiendo Liah?’ ‘¿Cuándo duerme?’, intentó preguntar Ferrera. Pero permanecían en silencio y solo interactuaba con Liah, quien, a medida que pasaba el tiempo, se distraía cada vez más durante las llamadas.

Mientras tanto, Ferrera enviaba a la trabajadora del caso cualquier fragmento de papel que pudiera establecer su identidad como la madre de Liah y mostrar que tenía una vida estable.

“En el pasado, era casi seguro que un padre que se presentaba fuera aprobado rápidamente (a menos que hubiera una preocupación válida de que el padre pondría al niño en riesgo)”, dijo Greg Chen, director de la Asociación Estadounidense de Abogados de Inmigración. “Pero la nueva administración ha erigido todo tipo de barreras que impiden que estos niños sean liberados en estos entornos familiares seguros”. Peor aún, ICE ha comenzado a apuntar a padres y tutores indocumentados que han estado viviendo en el país y que se presentan para tomar la custodia”.

La creciente relación entre ICE y HHS bajo la administración Trump ha alarmado a los defensores de los inmigrantes, quienes han acusado al gobierno de utilizar a los niños como “cebo” para obtener información sobre personas indocumentadas en Estados Unidos.

Ferrera compartió sus datos personales con HHS en un momento en que la administración de Trump se preparaba para expandir aún más sus capacidades de intercambio de información entre la agencia y ICE. El 8 de mayo, el Departamento de Seguridad Interna (conocido como Department of Homeland Security, o DHS) detalló un cambio a un sistema que permite que ICE acceda a los registros de personas que buscan reclamar niños bajo el cuidado del HHS.

El propósito, decía el aviso público, era en parte verificar su historial de inmigración “e identificar y arrestar a quienes pudieran ser expulsados”.

Pero el mayor miedo de Ferrera seguía siendo que no le devolvieran a Liah en absoluto.

¿Cree que me vayan a decir algo porque es una traila que vivimos? Ferrera se preocupó por la trabajadora del caso el 16 de mayo. Hay parques cerca, escuelas, clínicas, tiendas …. Pues la traila está en buenas condiciones. Está bien limpia y el cuarto de la bebé tiene todo lo que necesita.

La primera visita a domicilio sucedió en mayo. La trabajadora social le dijo a Ferrera y a su prometido que no deberían preocuparse, dijo Ferrera. Sería rápido y solo se trataba de un requisito básico. Le dieron la bienvenida a su tráiler ordenado, pintado de blanco con adornos verdes, con un columpio de porche al frente. Le mostraron el cuarto de Liah con acentos rosados, lleno de juguetes y una cuna con sábanas de Peppa Pig. Ella preguntó sobre sus hábitos, sus horarios, su experiencia con los niños. ¿Tenían armas?

La guardería que Ferrera preparó con la expectativa de reunirse con su hija (arriba) y zapatos de bebé (abajo), regalados por amigos antes de su llegada. (Spike Johnson para ProPublica)

Entonces, Ferrera dice que le dijeron que el informe regresó señalando algunos problemas: la cuna no era lo suficientemente grande. Necesitaban una silla infantil para el coche. Ferrera no tenía un ingreso independiente ni ninguna forma de moverse.

Para Ferrera y su prometido, las preguntas y los nuevos requisitos parecían arbitrarios, cada vez más absurdos e incluso contradictorios.

Por ejemplo, Ferrera había estado trabajando en un trabajo de limpieza cuando Liah llegó al país, pero esto se convirtió en una preocupación. En una llamada telefónica, Ferrera dijo que le preguntaron cómo se volvería a conectar con su hija si estaba trabajando. ¿No necesitaría tiempo para restablecer lazos?

Así que Ferrera renunció.

Pero en la visita a domicilio, una nueva trabajadora social preguntó por qué no tenía trabajo, dijo Ferrera. Aunque sabían que no tenía un permiso de trabajo legal, ¿qué pasaría si ella necesitaba separarse de su prometido?

Entonces se hizo niñera, cuidando a tres niños por 90 dólares al día. Presentó evidencia de una cuenta bancaria separada y los nombres y las identificaciones de las personas cercanas en las que podía confiar en caso de una emergencia.

A los trabajadores sociales también les preocupaba que pudiera conducir: ¿y si había una emergencia? Sabían que ella no tenía una licencia. Ferrera dijo que sabía cómo llamar a Uber y que tenía un amigo cerca que podía llevarla. Barrera comenzó a enseñarle a manejar después del trabajo, practicando giros en estacionamientos cercanos.

El 31 de mayo, la trabajadora social de su caso le dijo que debería ir a una clase dirigida por Mujeres, Bebés y Niños (WIC en inglés), que proporciona subsidios federales para madres de bajos ingresos con niños menores de 5 años que están en riesgo nutricional.

Ferrera buscó el programa y expresó sus dudas. Barrera estaba ganando buen dinero, 28 dólares por hora como pintor industrial, más las horas extras ahora que tenía un permiso de trabajo legal. Y ella también ganaba constantemente. ¿Es obligatorio aplicar para él? … Dice que el programa es para madres de bajos recursos económicos, entonces no creo que lo necesito, escribió al trabajador social. [Ella] no necesita al gobierno. Nosotros podemos mantenerla perfectamente. No entiendo por qué lo del programa.

Ferrera, de 25 años, en su casa en Sulphur, Louisiana. "Cuando alguien depende de ti, empiezas a pensar en tu futuro, en lo que podrás ofrecer", dijo sobre su decisión de cruzar la frontera. (Spike Johnson para ProPublica)

Pero la trabajadora social parecía creer que las clases de crianza reforzarían su caso con su supervisor. Yo no más quiero poner extra citas para que puedan ver que en realidad está tratando lo más posible para recibir su hija, escribió la trabajadora social. Ella presionó a la madre para que arreglara una clase en una parroquia local y la documentara con fotos. Pero cuando apareció Ferrera, le dijeron que solo había clases en inglés. Dijo que se las arreglaría trayendo un amigo con ella para traducir.

La trabajadora social también pidió su información. Quiero ponerlo en el archivo, dijo ella.

Luego, dijo Ferrera, ella le preguntó por qué no estaba tomando clases de inglés.

En la segunda visita a domicilio en junio, la trabajadora social preguntó cómo se relacionaría Liah con ellos después de haber estado separados durante tanto tiempo. “Dije: ‘No sé. Haré todo lo que pueda para que se acostumbre a mí y tenga paciencia porque ella es mi hija y yo soy su madre”, dijo Ferrera. La trabajadora del caso dijo que necesitaba buscar un lugar para tomar clases como madre. Entonces ella y Barrera contrataron a un terapeuta familiar, pagando 70 dólares por sesión cada semana. Ella envió los recibos de confirmación a su trabajadora social.

Tratando de encontrar nuevas formas de fortalecer su caso, Ferrera a veces enviaba fotos de Liah y de sí misma cuando era bebé, ambas cara de querubín con una mata de cabello rizado. Ella se ve igual que su madre cuando era bebé, dijo Ferrera. A fines de mayo, Ferrera prácticamente imploró hacerse una prueba de ADN si eso aceleraba el proceso. No obtuvo ninguna respuesta.

Ferrera y su prometido comenzaron a ponerse muy nerviosos a finales de junio cuando se hizo evidente que la administración estaba utilizando la separación familiar en la frontera como elemento disuasorio. Barrera leyó artículos que decían que a los inmigrantes se les ordenaba que se rindieran a la deportación para recuperar a sus hijos. ¿Se iba a utilizar a Liah como moneda de cambio para que Ferrera regresara a Honduras? Los amigos especularon que las autoridades podrían comparar a Ferrera y Barrera con otros posibles padres, y decidir quiénes serían mejores para la niña.

El 29 de junio, la trabajadora social le envió un mensaje de texto diciendo que había recibido “muy buenas noticias” de la segunda visita a domicilio. Entregaría el caso la próxima semana.

Una semana más pasó.

¿Todavía no recibió una respuesta sobre el caso de Liah?, Ferrera escribió el 9 de julio.

Sí, recibí una aprobación, pero ahora estoy esperando la segunda, respondió ella. Necesito dos, solo tengo uno por ahora.

Luego, el 12 de julio, Ferrera de repente recibió una notificación. Tendría que tomar una prueba de ADN al día siguiente. Se sintió sorprendida.

¿Para qué tanta entrevista y tanta vuelta si desde el principio pudieron haber hecho esto [prueba de ADN]?, le escribió en un mensaje de texto a la trabajadora social. Ahora tengo que esperar más tiempo para reunirme con mi bebé. O sea que todo lo que hemos hecho fue en vano, no sirvió de nada, me siento ofendida. Barrera se tomó el día libre en el trabajo para llevarla a hacerse la prueba de ADN la semana pasada.

Ahora, reza y se apoya en las palabras de consuelo de Barrera para que todo salga bien. La pareja trata de enfocarse en el mejor de los casos: que Liah sea devuelta, y que su caso en la corte vaya bien — aunque la administración de Trump ha hecho casi imposible recibir asilo basado en violencia doméstica. Tal vez, un día, Barrera pueda convertir su visa U en una green card. Quizás entonces, una vez que se case con Ferrera, él pueda ayudarle a obtener un estatus legal y unir a su familia.

Pero eso sería en cuatro o cinco años. Mientras tanto, la máquina de deportación se ha acelerado, y toda la información de Ferrera, hasta su dirección y su ADN, está en manos del gobierno.

En los peores momentos, Ferrera dice que recuerda el día en que nació Liah. “Ella estaba llorando. Luego, cuando se acercó a mí, se calló. Ella dejó de llorar”, dijo. “Y luego me di cuenta de que ella sabía que yo era su madre y que ella estaba conmigo y que se sentía segura y protegida. Y esto es lo que me ayudó a seguir adelante, a seguir protegiéndola, siempre, seguir adelante”.

Ferrera lleva un collar con el nombre de su hija Liah. (Spike Johnson para ProPublica)

Jess Ramirez y Claire Perlman contribuyeron al reporteo de esta nota.

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