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Aumentarán la violencia intrafamiliar y el abuso infantil durante las cuarentenas. También empeorará la negligencia contra las personas en riesgo, informan trabajadores sociales.

Diferentes departamentos de servicios sociales se están esforzando por enfrentar las consecuencias de las restricciones causadas por el coronavirus, y los trabajadores sociales informan que grandes cantidades de norteamericanos en riesgo, ancianos, enfermos y discapacitados están en peligro. “Vamos a tener muertes debido a esto”.

Una fila de familias se formó el viernes en Silver Spring, Maryland, para obtener los alimentos que distribuyen las escuelas públicas del condado de Montgomery como parte de un programa para alimentar a los niños, mientras las escuelas permanecen cerradas debido al coronavirus. (Chip Somodevilla/Getty Images)

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Mientras la mayoría de los norteamericanos se refugian dentro de sus hogares a la expectativa y preocupados por la pandemia de coronavirus que asola al país, una serie de desesperados correos electrónicos han invadido los buzones de ProPublica; algunas de las personas que escriben lo hacen prácticamente gritando por el temor que sienten por las víctimas invisibles de este enorme cierre nacional sin precedentes.

Una trabajadora social de Florida escribió acerca del pánico que siente por sus clientes con discapacidades de desarrollo, que se encuentran encerrados en sus casas sin poder siquiera utilizar el baño sin ayuda. ¿Qué les sucederá si ella y sus colegas se enferman?

“Vamos a tener muertes entre nuestros casos”, dijo durante una entrevista. “Es posible que ni siquiera nos enteremos hasta que hayan pasado varios días después de su muerte”.

En Oklahoma, un técnico médico nos suplicó que prestemos atención a los ancianos del país, y describió asilos de ancianos que están utilizando “botes de Lysol en pasillos mal ventilados como su principal defensa”. En esos lugares, agregó, el distanciamiento social “simplemente no existe”.

Una empleada de servicios de protección a menores del noreste del país envió una aterradora lista de lo que le quita el sueño por las noches: “Que mis familias literalmente se queden sin alimentos, sin leche para los bebés y sin pañales. Que algunos de ellos mueran por falta de tratamiento. Que algunos niños resulten lesionados o sufran daños por falta de una supervisión adecuada, mientras sus padres desesperados tratan de trabajar. Que el estrés pueda producir más abuso infantil”.

En Manhattan, una trabajadora de la comunidad que lleva alimentos y suministros a los indigentes, simplemente escribió: “Nos estamos ahogando”.

“Se siente”, agregó, “como que nuestra ciudad ha abandonado por completo a nuestros usuarios, y nuestra empresa ha abandonado a sus empleados”.

Esto son despachos de las líneas del frente del asolado sistema de servicios sociales de Estados Unidos, que incluso en los mejores momentos tiene dificultades para atender a millones de personas vulnerables. Han escrito por docenas, suplicando que el país no pase por alto una crisis secundaria que está surgiendo a raíz de la pandemia: que las personas que ya están marginadas, muchas de las cuales dependen de un apoyo personal constante para sobrevivir, sufrirán al estar alejadas de la vista del público, detrás de puertas que se mantendrán cerradas para evitar la entrada del virus.

En correos electrónicos y llamadas telefónicas, han expresado su preocupación de que el drástico aumento en el desempleo genere aún más estrés en los hogares propensos a la violencia. Ellos pronostican que los ancianos, que ya se encuentran en un nivel elevado de riesgo, pierdan el apoyo tanto de sus familiares como de los trabajadores sociales al verse cada vez más aislados. Otros sienten una gran preocupación sobre las consecuencias de no poder visitar a niños que viven en hogares donde sufren abusos o descuido, o de no poder ayudar a los discapacitados o a los enfermos.

Además, existen las víctimas colaterales del virus que pocos han tomado en cuenta, como las víctimas de violaciones o abusos sexuales que podrían mantenerse alejadas de los hospitales abrumados, por temor a exponerse al virus.

“Creo que el sistema de salud pública de Estados Unidos está revelando su realidad, la cual consiste en una amalgama de microsistemas extremadamente vulnerables que están tratando por sí solos de responder en la forma más rápida posible”, dijo Rachel Walker, enfermera y directora del programa de doctorado de la facultad de enfermería de la Universidad de Massachusetts en Amherst.

El viernes pasado en Nueva York, donde la pandemia está trastornando la vida de millones de personas, el gobernador Andrew Cuomo anunció mayores restricciones para controlar el movimiento de las personas. Exentó de esto a los trabajadores de servicios humanos, pero no ofreció información específica para protegerlos a ellos ni a sus usuarios.

Durante esta semana, los reporteros de ProPublica han hablado con más de dos docenas de esos trabajadores de Nueva York y del resto del país. Lo que describen es un sistema que no está preparado para enfrentar una crisis nacional de salud, que carece de planes específicos de respaldo y en la que reina la confusión debido a los lineamientos de las dependencias federales, estatales y locales. Las opciones que les han endilgado, informaron, son imposibles. Algunos dijeron que ellos mismos viven apenas por encima del nivel de pobreza; una sola falta a una visita domiciliaria podría significar la falta de un cheque de sueldo en un momento crucial.

Estos son algunos informes desde el frente:

Bienestar infantil

Georgia Boothe, vicepresidente ejecutiva de Children’s Aid, inicia ahora sus días en una situación que antes era inimaginable.

Su organización sin fines de lucro supervisa los casos de más de 700 niños que los funcionarios de bienestar infantil de la ciudad de Nueva York piensan que están en riesgo de sufrir abuso o abandono. En una situación normal, es mucho lo que está en juego; sin embargo, ahora ella también debe preocuparse por la salud de sus casi 300 empleados que realizan visitas domiciliarias indispensables.

¿Transmitirán la infección al hacer estas visitas, o quedarán infectados mientras se encuentran ahí? Muchos trabajadores deben viajar en autobús o metro para ver a sus clientes en visitas que son obligatorias por ley. Si faltan, su organización podría perder los contratos que tiene con la ciudad, o peor aún, dejar de detectar e intervenir en situaciones que ponen a los niños en riesgo de sufrir daños.

A diferencia de muchos trabajadores de otras profesiones, las visitas por video o las llamadas telefónicas representan un riesgo para su personal, informó. Es posible que esas visitas remotas no permitan ver la imagen completa de las condiciones en los hogares. En muchos hogares hay hacinamiento, lo cual hace que las personas no quieran hablar con franqueza por temor a que alguien los escuche.

Agregó que las condiciones de los hogares con problemas podrían deteriorarse fácilmente sin el apoyo adecuado de organizaciones como la suya, incluso sin el estrés adicional de la pandemia que les está quitando sus empleos y el acceso a guarderías a muchas familias.

“La negligencia sucede porque las personas toman decisiones difíciles debido a la falta de recursos”, dijo Boothe. Las familias se verán en dificultades si sus familiares se enferman, agregó, o si los padres dejan a los hijos sin supervisión para ir a trabajar.

El viernes pasado, la administración de servicios infantiles le informó a Boothe que su personal solo podría utilizar videollamadas si las mismas familias o ciertos empleados experimentan síntomas en ese momento, que pudieran relacionarse con el COVID-19, o si tienen otros padecimientos de salud que los hagan más vulnerables a la enfermedad.

Su organización puede tomar estas decisiones, y a Boothe le preocupa perder empleados debido a esas condiciones; esto empeoraría la presión sobre los que sigan trabajando.

Ronald Richter dirigió la dependencia de bienestar infantil de la ciudad de Nueva York durante la supertormenta Sandy. Ahora dirige la Asociación Judía de Cuidado Infantil, uno de los mayores proveedores de atención de crianza y otros servicios para niños y familias necesitadas de la ciudad.

“Con Sandy, podíamos salir a las calles a atender las necesidades urgentes como proporcionar alimentos y medicamentos, y buscar lugares alternativos dónde vivir”, informó. “En esta situación, sentimos como que estamos esperando constantemente instrucciones sobre cómo prestar servicios obligatorios, pero al mismo tiempo estamos atados de pies y manos por tratar de prestar esos servicios sin contacto humano”.

Richter considera que su personal es equivalente al personal de emergencia para niños en crisis; sin embargo, en este momento, dijo, no cuentan con los suministros básicos necesarios para funcionar de esa manera.

Al igual que a Boothe, a Richter le preocupa el riesgo de infección de sus empleados. Aunque su organización recibió algo de equipo protector esta semana, aún sigue escaseando, dijo.

“No estamos para nada en la posición en la que necesitamos estar a largo plazo respecto a esto”, informó.

El estrés de sus trabajadores y las familias de estos también está aumentando. En vista de los cierres de las escuelas, la ciudad preparó guarderías gratuitas para los trabajadores del sector de la salud, pero hasta el viernes no estaba claro si los empleados dedicados al bienestar infantil también calificarían para esa atención.

En respuesta a las preguntas, Chanel Caraway, vocera de la Administración de Servicios Infantiles, dijo en un comunicado que la salud y la seguridad de los empleados dedicados al bienestar infantil, así como de sus clientes, son “prioritarias” y que la dependencia se encuentra “trabajando actualmente en la información proporcionada por el organismo de supervisión estatal para obtener instrucciones que permitan más flexibilidad al efectuar visitas domiciliarias para asegurarse de que los niños se encuentran seguros”.

En Washington, D.C., Judith Sandalow, directora ejecutiva del Children’s Law Center, dijo que el cierre de las escuelas está teniendo peligrosas consecuencias para los niños, comenzando por el hambre. Normalmente hay 200 escuelas que sirven dos comidas gratis al día a los niños de la capital del país. Sin embargo, todas cerraron a partir del martes y solo 20 continúan sirviendo alimentos.

“No todas las familias pueden acudir a una de esas escuelas”, informó. “Si los padres están trabajando durante el horario en que están abiertas, es posible que los niños no puedan ir por sí solos”.

Agregó que entiende la necesidad de estos cierres, pero que con ellos se eliminó una red de seguridad crucial para los niños en riesgo. Los maestros y los empleados de las escuelas son con frecuencia los primeros en detectar las señales de abuso y negligencia como moretones, heridas o señales de desnutrición, y tienen la obligación legal de reportar estas preocupaciones a las autoridades. Sin ellos, los problemas podrían pasar desapercibidos, informó.

Sandalow predijo que el COVID-19 provocará “costos negativos muy importantes por el abuso infantil, la violencia intrafamiliar, el hambre y los problemas educativos y de salud conductual a largo plazo”.

En Texas, los doctores del Cook Children’s Health Care System detectaron un aumento súbito en los casos graves de abuso infantil que se presentaron esta semana; tuvieron seis casos de niños de menos de cuatro años de edad y sospechan que están relacionados con el estrés derivado de la pandemia. “Sabíamos que ocurriría un aumento, pero esto sucedió mucho más rápido de lo que imaginamos”, dijo Christi Thornhill, directora del programa de traumatología del sistema.

Violencia intrafamiliar

Cuando Gwyn Kaitis se enteró de que las medidas para evitar la diseminación del virus requerían que las familias permanecieran en sus casas, inmediatamente pensó en las consecuencias. Kaitis es coordinadora de políticas de la Coalición contra la Violencia Intrafamiliar de Nuevo México, y una cosa de la que está segura es de que la “violencia aumenta en presencia de circunstancias como el desempleo y el aislamiento”.

Al estar aisladas con las personas que abusan de ellas, las víctimas pierden un espacio seguro para pedir ayuda, informó. “Gran parte del tiempo, los sobrevivientes se comunican con nosotros cuando la persona que abusa de ellos no se encuentra en casa porque salió a trabajar. Pero ahora no existe oportunidad para hacer eso”.

Ella solía dirigir un refugio, y todavía la persigue el recuerdo de un hombre que un día esperó afuera del mismo con una escopeta. “Probablemente estaba esperando a que su esposa saliera”, dijo. “A veces no hay nada que detenga a estos delincuentes, y eso es muy, muy terrible”.

En Ocala, Florida, Tara Dalrymple, quien ha sido voluntaria en un centro de crisis para mujeres y niños durante 20 años, hizo eco a las preocupaciones de Kaitis. También le preocupa que las víctimas de ataques sexuales teman verse expuestas al virus y eviten acudir a los hospitales. Es posible que no sepan que existen centros locales de crisis que están disponibles para efectuar procedimientos críticos y delicados como los exámenes en casos de violación, informó.

“Simplemente no quiero ver que las víctimas sientan que no tienen a dónde ir”, agregó.

Indigencia

El miércoles, un trabajador comunitario de Manhattan que entrega alimentos y suministros a los indigentes, le envió una súplica desesperada a ProPublica.

La mayoría de sus clientes, escribió, se encuentran en alto riesgo de morir a causa del COVID-19, porque ya padecen graves problemas de salud. La disminución en la cantidad de peatones en las calles, agregó, significa que estas personas reciben menos dinero y alimentos de caridad. La mayoría de sus clientes no cuenta con celulares, así que ella necesita verlos todos los días. Eso crea su propio riesgo, informó, ya que podría contraer el virus y contagiarlos sin saberlo.

Al preguntar acerca de lo que alegan los empleados y otras preocupaciones, el Departamento de Servicios Sociales informó el miércoles que varias dependencias de la ciudad “siempre están preparadas para conectar a los clientes con cualquier servicio médico que puedan necesitar por cualquier razón, incluido lo relacionado con el COVID-19”.

Sin embargo, durante una llamada realizada el miércoles por la noche, esa trabajadora comunitaria informó que ella y su equipo habían visto a 50 clientes ese día; todos ellos viven en las calles y muchos son ancianos. No tienen familiares y padecen enfermedades como enfisema, diabetes y cáncer. “Para muchos de ellos”, agregó, “yo soy la única persona que tienen en sus vidas”.

Hasta donde ella sabe, la ciudad no había establecido ningún lineamiento claro para retirar de las calles a los indigentes infectados por el virus. No hay suficientes camas de hospital. Además, incluso para quienes no necesitan ser hospitalizados, no hay suficientes centros de cuarentena a donde puedan acudir hasta que se recuperen.

Richard Cho, director ejecutivo de la Coalición para Poner Fin a la Indigencia de Connecticut, dijo que un refugio de Danbury cerró porque casi todo su personal consiste en voluntarios ancianos que están preocupados por el riesgo de exposición al virus. Otro refugio de Wyndham estaba a punto de cerrar por razones similares, agregó. Mientras tanto, él y sus colegas se están esforzando por encontrar cualquier tipo de vivienda alternativa para las personas desplazadas, ya sean hoteles, departamentos de vivienda pública, habitaciones con familiares o hasta el sofá de un amigo.

“Lo denominamos ‘desviación de los refugios’”, agregó. “Es ahí donde estamos enfocando gran parte de nuestro tiempo en este momento”.

Algunos de los trabajadores de las líneas del frente dijeron que están tratando de atender a sus clientes sin contar con la protección básica. Una enfermera de un programa de recuperación para la adicción de Massachusetts, que atiende principalmente a pacientes indigentes, escribió que ella y sus colegas están trabajando sin ningún acceso a desinfectantes con alcohol, porque no pueden tener nada que contenga alcohol al alcance de sus clientes que están en proceso de desintoxicación. En lugar de eso, agregó, utilizan un desinfectante para las manos que es menos eficaz, aunque al personal de enfermería se le informó recientemente que pueden llevar con ellos pequeñas cantidades de desinfectante con alcohol. Eso es fundamental: como no hay ni un solo lavabo en la estación de enfermería, no es fácil lavarse las manos entre una cita y otra con los clientes.

“Me preocupan los pacientes seropositivos, con enfermedad pulmonar obstructiva crónica o con diabetes fuera de control”, informó en una entrevista de seguimiento. “Normalmente, estas son personas que no cuentan con acceso regular a medicamentos. Me preocupa lo que les pueda causar una enfermedad como el COVID.

En la ciudad de Nueva York, Shelly Nortz, subdirectora ejecutiva de políticas de la Coalición para los Indigentes, dijo que la mayoría de los refugios están atestados y enfrentan grandes dificultades para alojar a las casi 62,000 personas a las que prestan servicios. Tienen aún menos espacio para el “distanciamiento social” y el aislamiento.

En una entrevista telefónica, Nortz informó que le preocupa que el personal no esté correctamente capacitado para identificar a las personas infectadas con el virus. Además, mientras las autoridades estatales y federales negocian la posibilidad de desplegar a las fuerzas armadas para instalar centros médicos temporales, agregó, los trabajadores comunitarios y los empleados de los refugios se ven obligados a enviar a cualquier persona indigente infectada por el virus al hospital.

“Escuché decir que esto es un tsunami que se dirige hacia nuestro sistema de salud”, informó. “Y tienen razón”.

Nortz agregó que los funcionarios de la ciudad indicaron el miércoles por la noche que se encontraban en proceso de abrir varios cientos de unidades de vivienda, en su mayoría habitaciones de hoteles, para los clientes que han contraído el COVID-19. La ciudad también planea enviar a personal de enfermería a los refugios para realizar detección de residentes con fiebre.

Al preguntarle cuándo espera que se presente el pico de la crisis, informó que los refugios de Nueva York ya reportaron su primer caso confirmado del virus, y que eso probablemente significa que ya hay grandes cantidades de personas infectadas. “El caos”, agregó, “ya está aquí”.

Los ancianos

Elizabeth Wilson, una trabajadora de atención en el hogar de 63 años de edad que vive en Oregon, detalló el sombrío cálculo que probablemente se está llevando a cabo en los hogares de millones de clientes ancianos de todo el país.

Wilson dijo que se apoya en los $500 mensuales que gana por ayudar a un cliente de 83 años de edad con sus medicamentos y necesidades en el hogar. Utiliza ese dinero para pagar su parte de la renta del departamento subsidiado en el que vive, agregó, así como la mensualidad de su auto y su seguro médico.

Esta semana, sin embargo, el esposo de su cliente comenzó a toser y a presentar síntomas que a Wilson le preocupa que puedan deberse a una infección de COVID-19. Al principio, su empleador no le ofreció ningún equipo protector, hasta que eventualmente le proporcionó una caja de guantes.

“Nosotros estamos en el escalón más bajo de la atención de los clientes”, dijo. “Me parece que es como negligente”.

El jueves por la mañana, Wilson decidió quedarse en casa a pesar de tener que renunciar a su sueldo y a atender las necesidades de su cliente, para poder mantenerse sana. Desde entonces, ha tratado de convencerse a sí misma de que estarán bien, aunque ella no pueda acudir a su turno.

Posteriormente recibió un correo electrónico de su sindicato, en el que le aconsejan a ella y a sus colegas que no visiten a clientes que presenten síntomas. Ahora siente que tomó la decisión correcta, pero le preocupa su cliente y su propia estabilidad económica. Agregó que no puede presentar solicitud de desempleo porque solo trabaja a tiempo parcial.

“Estoy en el limbo”, dijo. “Pero hay muchas cosas en el limbo”.

“Las vulnerabilidades realmente se acumulan cuando se trata de los pacientes ancianos y el COVID-19”, dijo Raeann LeBlanc, enfermera y profesora asistente de la facultad de enfermería de la Universidad de Massachusetts en Amherst.

El jueves, agregó, visitó a una pareja de más de 60 años de edad; ambos tienen enfermedades avanzadas, pero ella no pudo evaluar siquiera sus necesidades médicas porque tenían una preocupación más urgente: la falta de alimentos. Así que en lugar de eso, terminó acudiendo a una despensa de caridad en nombre de ellos.

LeBlanc dijo que ya existe una escasez de trabajadores de atención en el hogar en todo el país. Se encuentran entre los trabajadores de atención médica que reciben menos sueldo, agregó, que sobreviven con menos del salario mínimo y a veces sin seguro médico.

Informó que la falta de equipo siempre es un problema y que espera que los suministros disminuyan drásticamente para estos trabajadores de atención en el hogar durante la era del coronavirus.

“Estamos enterándonos de que esto sucede en el entorno hospitalario”, dijo refiriéndose a la escasez de equipo. “Ni siquiera han comenzado a hablar de esto en el sistema de atención en el hogar”.

Participe

Si sabe de alguna historia acerca de comunidades especialmente vulnerables durante la pandemia, incluidas las historias de personas mayores o discapacitadas que padecen indigencia o que pueden hablar con nosotros acerca de la atención de crianza, la violencia intrafamiliar, la violencia sexual y demás, llene nuestro cuestionario. Si desea comunicarse con nosotros de otra forma, envíe un correo electrónico a coronavirus@propublica.org, envíenos un mensaje a Signal en el

En especial, nos gustaría obtener respuestas a las siguientes preguntas:

  • ¿Qué pasará cuando los proveedores de servicios sociales ya no puedan ver a las personas a las que atienden?
  • Si trabaja con una comunidad vulnerable, ¿se siente preparado para ayudar a sus clientes a recibir el tratamiento adecuado y a que les hagan análisis de detección del COVID-19?


Vianna Davila contribuyó al reportaje.

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