En una mañana cálida y bochornosa de domingo, el traficante que ayudaba a cruzar ilegalmente la frontera de Estados Unidos a Alison Jimena Valencia Madrid, una niña de seis años, y su madre, Cindy, les dijo que estuvieran listas para irse pronto. Fatigada y emocionada, Cindy Madrid llamó a sus hermanas en Houston. La etapa final de su viaje de un mes desde El Salvador estaba a punto de empezar. Las hermanas susurraron una oración al teléfono, pidiendo a Dios que les acompañara. Entonces una de las hermanas se puso muy seria y dijo: asegúrate de que Jimena memoriza mi número de teléfono por si son separadas una de la otra durante el trayecto.

“¿Cómo esperas que haga eso?” preguntó Madrid, entrando en pánico. “No hay suficiente tiempo.”

Las hermanas respondieron con firmeza. “No sabemos cómo. Pero hazlo.”

Una turbulenta semana más tarde, aquel número, grabado en la mente de Jimena a fuerza de repetición mientras ella y su madre cruzaban el Rio Grande en balsa, se ha transformado en el salvavidas de la pequeña. Poco después de pisar el suelo de Texas el 13 de junio, fueron detenidas, y oficiales de la Patrulla Fronteriza separaron a la madre de la hija como parte de la política de tolerancia cero de la administración Trump. Pero la capacidad de Jimena para recordar el número telefónico de su tía durante el trauma de aquella separación le ha salvado, hasta ahora, de perderse en un sistema que ha quitado más de 2,300 niños inmigrantes a sus padres.

Las insistentes súplicas de Jimena para hacer una llamada en un centro de detención de la Patrulla Fronteriza, captadas en una grabación de audio que fue otorgada a ProPublica, rápidamente se convirtieron en la mordaz encarnación de lo que la administración Trump está haciendo a los niños. Casi instantáneamente, la voz de Jimena estaba en todas partes: escuchada millones de veces en hogares, durante protestas, y hasta en la sala de conferencias de prensa de la Casa Blanca. La grabación de siete minutos cristalizó el impacto que la política estaba teniendo sobre los niños, provocando una gran indignación.

“Después de todo lo que ella ha tenido que pasar, su recompensa es que se ha convertido en la voz de todos los niños en esa situación,” dijo su tía, una salvadoreña que está solicitando asilo y pidió no ser identificada porque está preocupada por cómo la atención pública podría afectar su caso.

El camino que espera tanto a Jimena como a su familia sigue siendo incierto. Bajo el apabullante ataque tanto de enemigos como de amigos, el Presidente Trump pareció dar marcha atrás en su política migratoria el miércoles pasado, diciendo que había dado instrucciones a las autoridades de suspender la separación de las familias inmigrantes y empezar a reunirlas. Y el jueves, funcionarios de la administración sugirieron que podrían anular su decisión de procesar penalmente a cada inmigrante que es detenido cruzando la frontera ilegalmente.

Pero hasta ahora, el presidente no ha presentado ningún plan claro para implementar sus instrucciones. Y, mientras solo hizo falta un golpe de pluma para crear y, quizás, demoler la política, sus efectos han causado estragos en un sistema de inmigración que ya era ampliamente visto como fracasado. Ahora, ese mismo sistema se enfrenta al arduo trabajo de reunir de nuevo a aquellas familias. El caso de Jimena abre una ventana para atisbar como ese proceso va a funcionar.

“Aunque mi hermana y mi sobrina puedan quedarse en el país o no, la cosa más importante es que estén juntas de nuevo,” dijo la tía de Jimena. Hablando de su sobrina, añadió, “Lo que no queremos es perderla.”

Y también se preocupó por otros niños atrapados en el mismo trance. “Es realmente duro,” dijo. “No puedo imaginar la magnitud del sufrimiento de estos niños, el daño psicológico y emocional que tienen allí los niños más mayores y los más jóvenes.”

Memorizar el número de teléfono de su tía dio una gran ventaja a Jimena en comparación a los niños inmigrantes que son traídos ilegalmente a través de la frontera por sus familias, y que no son lo suficiente mayores para hablar, contar o aún saber los nombres completos de sus padres. Los trabajadores de consulados centroamericanos y los activistas para los derechos de los niños dicen que, bajo la política de tolerancia cero, una vez que los niños han sido físicamente separados de sus padres, sus casos legales han sido burocráticamente separados también. Los niños han sido tratados como menores no acompañados, mientras sus parientes eran enviados a otros centros de detención de Estados Unidos. Ahora que la política de separación de familias parece haber terminado, el peso de la reunificación dependerá en gran parte de las habilidades de los niños para dar información que pueda ayudar a las autoridades a identificar quienes son, y donde están, sus padres.

El audio que fue otorgado a ProPublica recientemente muestra cuán difícil será esa tarea. En la grabación, se escuchan a casi una docena de niños centroamericanos entre las edades de cuatro y diez años llorar sin consuelo. Los oficiales consulares se esfuerzan para lograr que los niños dejen de llorar el tiempo suficiente para que les digan de donde vinieron, y si vinieron con sus madres o sus padres. Los niños están tan angustiados que parece que apenas puedan respirar. Y gritan “Mami” y “Papá” como si fueran las únicas palabras que saben.

En el medio del caos, se escucha a Jimena pedir ayuda, con frases completas, a las autoridades para llamar a su tía. Cuando no responden, ella insiste: “Mi mamá dice que iré con mi tía, y que vendrá a buscarme lo más pronto posible para irme con ella.”

La tía de Jimena dijo que la oficial consular que finalmente ayudó a Jimena a llamarla estaba impresionada por la capacidad de la niña de mantenerse tranquila bajo ese tipo de presión. “De todos los niños que están acá, ella es la única que brindó información,” la oficial le dijo. “La mayoría de los niños acá no son capaces de dar nombres, mucho menos un número de teléfono.”

La tía dijo que cuando primero escuchó la voz de Jimena al teléfono “me tiré de la cama y me arrodillé. Di gracias a Dios que se había acordado del número. Si no, no sé qué le habría pasado.”

Sin embargo, aunque las autoridades saben dónde está su madre, a Jimena no le daban una oportunidad para hablar con ella por varios días después de separarla de su hija. Y aunque las autoridades han dicho a la familia que Jimena será reunida con su madre, no han dicho cuándo.

Una funcionaria del albergue en Phoenix, Arizona donde Jimena está retenida no pudo dar una explicación completa de porque tomaron días para permitir una llamada de la niña hablar con su madre, o inclusive si la madre había sido consultada acerca de las vacunas que Jimena ha recibido. La trabajadora del albergue, quien no quiso dar su nombre, dijo que en una ocasión en que la madre de Jimena llamó desde un centro de detención de migrantes en Port Isabel, Texas, la niña estaba en una sesión de orientación obligatoria titulada “Conozca sus Derechos” y no le fue permitido salir para tomar la llamada. La trabajadora del albergue dijo que las autoridades dijeron a la madre, quien tiene muy poco dinero para pagar llamadas telefónicas y tiene solo acceso muy limitado a un teléfono, que llamara más tarde.

“No sabría decir exactamente porque no hemos podido conseguir que la Mamá hable con su hija,” la trabajadora dijo. “Pero esperamos poder poner a la Mamá al teléfono con su hija pronto.”

Mientras tanto, la tía pasa mensajes entre Jimena y su madre. Habló del calvario de su sobrina durante una extensa entrevista en su minúsculo y deteriorado apartamento en la zona sudoeste de Houston. Su alivio por haber encontrado a su sobrina era palpable. Compartió docenas de fotos de la familia, y mostró el aluvión de mensajes en su página de Facebook, bromeando sobre como ella ha tenido sus propios “cinco minutos de fama” gracias a la celebridad de su sobrina.

Durante la entrevista, ambas Jimena y su madre llamaron a la tía. Madrid vino a los Estados Unidos desde un pueblo cerca de la capital de su país, huyendo de la violencia de las pandillas. Fue cautelosamente optimista sobre las perspectivas de reunirse con su hija. Dijo que otras detenidas la explicaron que habían escuchado a Jimena en la televisión. “Estoy tan orgullosa. Es una niña muy inteligente, muy valiente.”

Jimena, ahora felizmente conectada con su tía y su mamá, sonaba casi alegre cuando llamó, su modo rápido de hablar hacía difícil que una hispanoparlante no-nativa entendiera todo lo que decía. Organizó sus pensamientos en listas, repasando las actividades de su día, las comidas que le gustan y que no le gustan, y el número y los lugares de las vacunas que ha recibido. Una, dijo de forma juguetona, pausando como si estuviera explicando un chiste, fue “justo en la parte más, más baja de mis nalgas.”

De lo que más habló fue no de donde está, pero de donde quiere estar: con su madre, fuera del centro de detención. Cuando llegue, dijo que ya sabe las mascotas que quiere comprar y el tipo de pizzas que quiere comer. Tiró besos a través del teléfono a su prima favorita y preguntó si pueden ir al mismo colegio. Después preguntó a su tía si tiene una bañera, advirtiendo que “vas a tener que bañarme, porque voy a estar muy sucia cuando llego ahí.” Y entonces, su tono juguetón se ablandó y preguntó a su tía cuando iba a ver su madre otra vez.

La tía no tenía una respuesta. “Todavía no sabemos, mi amor,” la tía le dijo. “Pero me dijo que te tienes que portar bien y ser fuerte hasta que vuelvan a estar juntas.”

Traducido por Carmen Méndez.

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